La resistencia

Allá por los 80, cuando cursaba estudios de teología, en los manuales y en las clases de ética social aún se discutía si la relación salarial era una relación “pecaminosa” en sí misma. Esa consideración, que hoy hasta produce risa, no dejaba de tener su enjundia. Porque lo que estaba claro, lo que era asumido por teólogos y moralistas de todas las tendencias, incluídos los más conservadores, era que la relación salarial –el contrato trabajo– era una cuestión problemática, que se asemejaba a una forma de prostitución, por la cual, un ser humano se deja explotar por razón de su necesidad y la de su familia. En aquellos años, el del Trabajo era un capítulo distinto y amplio de los manuales de moral, y papas como Juan Pablo II –poco sospechoso de simpatizar con las tesis comunistas– escribían cosas que hoy sonarían revolucionarias, como la obligación de los estados de garantizar una renta a las personas paradas, o que el salario deba garantizar el mantenimiento de toda la familia en dignidad.
Me viene esto a la memoria al leer hoy en la prensa sobre el acto que protagonizaron ayer el lehendakari Urkullu y la patronal vasca. Los empresarios vascos, al parecer, van a necesitar muchos profesionales en los próximos años y están preocupados. Lo están, especialmente, por la falta de actitud de los jóvenes trabajadores. “Cuando estamos hablando de actitud, dice el presidente Roberto Larrañaga, estamos hablando de ser una persona polivalente, que se pueda adaptar a los cambios que sean necesarios en los procesos productivos, que sea proactiva, que sugiera, del alguna forma, compromiso con la empresa”. Al parecer, es esa actitud en lo primero que se fija el 72% de los empresarios vascos a la hora de contratar, por encima incluso de la formación, los idiomas o la experiencia laboral.
Lo confieso: esta queja de los empresarios me ha producido un sano e íntimo goce. Por razones de dedicación y también de pasión, visito siempre que puedo cuantas librerías se me ponen a tiro. Y me gusta observar qué secciones de ellas van a más y cuáles a menos. Y la tendencia general de los últimos años es muy clara: crecen dos secciones, la de libros de autoayuda y la de literatura empresarial. Las obras de autoayuda, en su gran mayoría, le recuerdan al lector que sus problemas comienzan y terminan en sí mismo, y en la actitud con la que decida afrontar la vida. Lo que le sucede no acontece, al parecer, en un marco social, laboral, político y nacional. Y si ese marco existe, es demasiado amplio y complejo como para dedicarse a cambiarlo. “Toma las riendas de tu vida, sonríe y no tengas dudas: el amor, el dinero y la salud dependen de la actitud que tú le eches a la vida”. “Pensamiento positivo. Eso es todo. Puedes y debes cambiarte a tí mismo”.
¿Y la literatura empresarial? Los gurús del management ofrecen sin parar toda una gama de recetarios para ejecutivos y cuadros intermedios sobre liderazgo, coaching, cuadro de mando, calidad, gestión del tiempo, creatividad o programación neurolingüística. Y unido a todo ello destaca un género peculiar, entre lo novelesco y la fábula, un tipo de lectura más o menos ligera con moraleja directiva. Nombres como Drucker, Senge, De Bono, Allen, Sharma o nuestro heroe local Saratxaga, forman ya parte del paisaje literario para las empresas. Los directivos confiesan que raramente llegan a terminar la lectura de esos libros que infectan kioscos y aeropuertos, pero su consumo revela una verdad ineludible: 40 años de ofensiva neoliberal no han conseguido alinear y comprometer al enjambre de trabajadores con los objetivos de la empresa. Los empresarios sienten que han hecho los deberes, que han revisado su viejo imaginario basado en la jerarquía y el control y se han “convertido” de corazón (¡hasta utilizan el griego bíblico, “metanoia”!). Dicen abrazar el paradigma de la sociedad red, de la participación, la transparencia, la comunicación, los círculos de calidad, la fluidez… Todo un ejercicio para lograr el compromiso, la adhesión incondicional, el alineamiento del trabajador y el cuadro intermedio con la visión, la misión y los objetivos de la empresa.
Decía que la declaración de Larrañaga me ha procurado un íntimo goce. Y es así porque esa falta de actitud que lamenta, a buen seguro, no es sino el reverso de la falta de credibilidad que, para una nueva generación, tiene la neolengua empresarial. No cabe duda de que el empresariado vasco está sabiendo construir marcos de comunicación eficiente que hace las delicias de una clase política entregada a eso que llaman “nuevo modelo de empresa”. Pero lo que los jóvenes perciben es un espacio de relaciones desregulado, inseguro y precario, una ruptura en definitiva de un pacto social que sólo han conocido en los libros, así como la destrucción de cualquier instancia colectiva de representación y protección. Les llaman colaboradores pero se saben subordinados y dependientes, como siempre lo ha sido la multitud asalariada. Y en ellos está teniendo lugar, de una forma profunda aunque no categorizada, una efectiva resistencia, la que provoca la queja de Confebask. Como en el siglo XIX, en el XXI se experimentan alienados vendiendo su cuerpo y sus mejores horas a proyectos que no acaban de identificar como propios y no les satisfacen psíquica, moral, económica ni socialmente; y van configurando a tientas una mirada crítica contra las tecnologías y los discursos de la manipulación y sometimiento basados en la reprogramación temporal, psicológica y neurolingüística.
Bien entrado el siglo XXI, el trabajo ha desaparecido como un capítulo singular en los manuales de moral social y de Doctrina social de la iglesia, y en la mayoría de ellos si permanece, lo hace a lo sumo como un mero apartado del capítulo –ese sí importante– de Empresa. Es que la Doctrina social (DSI) reivindica su estatuto pero no es ajena, ni mucho menos, al embate neoliberal, el signo de los tiempos. Con todo, lo que revela el acto de ayer de Confebask es el cisma silencioso pero efectivo que sigue aconteciendo entre trabajo y humanidad: la empresa lucha por debilitar las referencias colectivas, pero el hombre y la mujer trabajadora resisten, reclaman los derechos sobre su propio cuerpo, se rebelan contra el ser encerrados y el ser extensiones de la máquina, dan rienda suelta a su imaginación y delinquen cotidianamente contra el mandato de la concentración productiva, cuestionan la autoridad que se impone y osan pensar por sí mismos. No es una mala noticia para estas vísperas del primero de mayo. Gora munduko langileria! Gora maiatzaren lehena!

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Más Lenin y menos Homero

Comencé a leer con interés el artículo de Edu Apodaka (“Ezkerreko haurkeria gure artean“, publicado en Gara el pasado jueves – https://www.naiz.eus/eu/hemeroteca/gara/editions/2018-03-23/hemeroteca_articles/ezkerreko-haurkeria-gure-artean). También por una cierta obligación, lo confieso, entre otras cosas, porque el artículo citaba a mi sindicato hacia el final.
Admito que me ha costado leerlo. Nunca fui un brillante alumno de filosofía y teología, a pesar de haberle dedicado seis años de mi vida. Pero me acerqué a Lenin, y también a Homero, en aquellos tiempos, y decidí que merecía dedicar unos minutos a reflexionar sobre el infantilismo (que hace referencia a la magnífica obra de Lenin “La enfermedad infantil del izquierdismo”) y los “cantos de sirena” que Apodaka denunciaba.
Al final de la lectura me vino a la memoria una reflexión que nuestro profesor de Metodología Teológica solía repetir, no sin cierta sorna. Existen tres maneras, decía, de acercarse a los clásicos. La primera es profundizar en el contexto vital (político, social, intelectual…) del autor, el llamado Sitz im Lebem, y tratar de escrutar lo que quiso decir en aquel contexto para después, en un siguiente paso, tratar de proyectar qué es lo que aquel genio diría hoy si estuviera entre nosotros, la llamada hermenéutica, creo recordar. Esta es, se entendía, la manera correcta de acercarse al clásico: respetándolo en su contexto y exprimiendo su genio para el presente y el futuro, que es precisamente lo que le convierte en un clásico. Una segunda manera de utilizar a los clásicos es establecer una tesis, la que se me ocurra, y a partir de ahí buscar en los clásicos y en las fuentes aquellas citas que abonan la tesis, con nulo respeto al clásico y a la realidad. Y una tercera manera, aún peor, es citar a los clásicos simplemente para subrayar mi autoridad intelectual y conocimiento frente a la mayoría ignorante.
Me acerqué, como decía, con interés, al artículo también porque de mis precarias lecturas de Lenin recordaba lo fino que fue capaz de hilar sobre la relación entre el partido revolucionario y el movimiento sindical y las masas (proletarias y no proletarias). Y me maravilló la manera con que Lenin abordó temas que siguen siendo bien actuales, como la relación entre partidos y sindicatos, o de cómo el partido tiene que aprender de la experiencia acumulada en la lucha sindical. Creí que el artículo de Apodaka trataría algo de esto. Pero la conclusión me resultó decepcionante: para el sindicato, el autor no propone a Lenin sino a Homero, de tal manera el partido no debe escuchar “los cantos de sirena” que el sindicato, en este caso ELA, le hace.
El de Apodaka es uno más de una serie de artículos que abundan últimamente en la prensa nacional y que están construyendo un género literario sui generis. Me refiero a un tipo de artículos de opinión firmados por académicos que comienzan, como es el caso, con una disertación sobre autores de mayor o menor autoridad o por los propios clásicos, para finalmente verter alguna conclusión de tipo político-práctico que las organizaciones sociales o partidos deberíamos incorporar.
Como sindicalista no tengo mucho que reprochar a la academia. Y desde luego no estoy a su altura, ni mucho menos. Pero debo confesar mi desconcierto. Mi experiencia cotidiana tiene que ver con la formación y la movilización de la militancia del sindicato, con la confluencia con movimientos sociales, con los miles de expedientes jurídicos que peleamos cada mes, con las huelgas y los conflictos que gente auténtica está protagonizando… Hablo de un sindicato, el mío, que es el único sindicato histórico -y mayoritario en su ámbito- de toda Europa que ha tomado una decisión política singular, como la de retirarse de la estrategia sindical mayoritaria de la concertación social (y ello con costes, económicos y políticos, enormes). Un sindicato que tiene otra particularidad, que es la de ser de una nación sin estado (como otros bien pocos en el mundo). Y un sindicato que ha incorporado, a diferencia del sindicalismo mayoritario del entorno, y lógicamente con no pocas contradicciones, una auténtica agenda altermundialista, climática, ambiental y de promoción y apoyo a proyectos de economía social y solidaria. Precariamente, limitadamente, contradictoriamente…sí, pero efectivamente.
El autor podría investigar si esa peculiaridad es una cuestión a tener en cuenta, o simplemente es una expresión sindical demasiado “puntual” como para ser digna de ser tenida en cuenta. Podría por lo menos comenzar haciéndose alguna pregunta. Pero no. El autor se ventila en una línea la experiencia histórica acumulada por una organización, y lo hace ¿citando a quién?… pues no a Lenin, sino a Homero: el partido no debe escuchar los cantos de sirena del sindicato. Le propone la misma prevención que la diosa Circe le sugirio a Odiseo para cuando se encontrase con las sirenas: “en las orejas de tus compañeros pon tapones de cera melosa para que ninguno de ellas las oiga”.
Podía haber seguido con Lenin y la obra citada. En ella aprendí, y sobre todo en la práctica, que la suerte de la clase obrera no tiene futuro en ningún país si no es por medio de los sindicatos y por su acción conjunta con los partidos de izquierda. Yo creí además que lo del infantilismo, en esa obra de Lenin, se refería precisamente al error que supone separar la vanguardia política de las masas. Aunque hablo de memoria y puede que recuerde mal. Pero vamos, que no entiendo nada…
Eso sí, qué fácil es citar a los clásicos. Hasta yo puedo hacerlo.

Más y más gente

En el momento de cerrar esta edición de Landeia se ha suspendido la sesión de investidura que iba a celebrarse en el Parlamento catalán y se están haciendo públicos mensajes privados del president Puigdemont al exconseller Comin, en el que al parecer se considera amortizado. Sea lo que sea, parece evidente que los acontecimientos que se han sucedido a partir del 1 de octubre, y sobre todo la tremenda actitud del estado (represión policial, artículo 155, guerra judicial…) están a punto de romper las costuras de las fuerzas independentistas si no lo han hecho ya. En el tiempo se verá si es una cuestión coyuntural y superable o se va agrandando la fractura. Es inútil, a día de hoy, tratar de dibujar escenarios de futuro.

Como sindicalistas vascos quizá este es un buen momento para pasar a limpio algunas cosas. Porque lo que está pasando en Cataluña nos aporta enseñanzas fundamentales para los que abogamos por la plena soberanía vasca. Me atrevo a apuntar cuatro.

La primera es que el Estado es duro, muy duro. Que no hay posibilidad alguna de establecer entre Cataluña (o Euskal Herria) y España un diálogo bilateral, de igual de igual, y de buena fe. España es fuerte e impone la unidad sin escuchar a una nación que ha movilizado millones de personas a favor de otro estatus político. Tampoco un parlamento autonómico es suficiente para moverlo: no lo fue con el estatut (90% de apoyo)  y no lo ha sido ahora. Ha aplicado el 155 y le ha ido, piensa, bien. Y el éxito de Ciudadanos apunta lo que viene: involución, más centralismo. De esa dureza tenemos que concluir que para alcanzar el derecho a decidir, catalán o vasco, se va a requerir una suma de fuerzas monumental. Hay que resignificar, además, la unilateralidad, porque el muro es más grueso de lo imaginado. Y la bilateralidad no existe. Dicho de otra manera: sólo hay unilateralidad, la del estado.

La segunda enseñanza es que el principal capital político de Cataluña es su gente, más que sus representantes, sus fuerzas políticas o sus instituciones. Hablamos de 2 millones de personas empoderadas que protagonizaron un capítulo heroico en defensa del derecho a voto, que alcanzaron una increíble victoria política, social, mediática, cibernética, discursiva…  Lo que está pasando no nos debe hacer olvidarlo. Por eso, lo urgente, lo más decisivo, también en esta hora, es dar sentido y horizonte al momento presente. Prepararse para una lucha que va a ser larga, y marcar líneas de trabajo que se entiendan, que motiven, que ilusionen.

La tercera enseñanza tiene que ver también con la gente, y es que hace falta más gente. Y creo que el proceso pro-independencia ha tocado su techo si no es capaz de incorporar un proyecto de país ilusionante y alternativo a las políticas de ajuste y de empobrecimiento que en Cataluña se han aplicado igual que en todo Europa. Decía Ken Loach hace unos días que no acababa de ver la conexión entre los intereses de la clase trabajadora catalana y el proceso independentista. Algo similar señalaba un documento de una de las corrientes de la CUP (Endavant) al valorar las elecciones del 21 de diciembre. Hablamos de la suerte de las clases populares: trabajadores precarios, mujeres, pensionistas…

Y la cuarta es que para alcanzar la soberanía, hacen falta soberanías. La manera en que el gran capital y empresas emblemáticas se han deslocalizado o han amenazado con hacerlo, reforzando la estrategia del estado, debería contribuir abonar un propósito definido: por razones ecológicas, climáticas y sociales, y también por aspiraciones nacionales, urge construir instrumentos (financieros, cooperativos, empresariales, energéticos…) comprometidos con la tierra y con la justicia social. Dicen que 500.000 personas se han dado de baja de La Caixa. No sé si es cierto. Lo que sí es cierto es que hoy no hay una entidad bancaria alternativa y comprometida con el terruño que pueda gestionar la adhesión de 500.000 clientes en dos meses. Hay que crear los instrumentos que el capitalismo, durante décadas, nos ha robado.

Ninguna nación situada dentro de algún estado de la OTAN se ha “desmembrado” jamás en la historia de la alianza militar. Pero alguna lo conseguirá un día. Cataluña no ha fracasado. Todo lo contrario: es probablemente la que más cerca está de conseguirlo.

He visto visiones (y una post-data)

He estado en Paris y he visto visiones.

Imaginen una pancarta con Iñigo Urkullu, Alfonso Alonso, Idoia Mendia, Susana Díaz, Andoni Ortuzar, Nagua Alba, Maialen Iriarte… y tras ellos Raul Arza, Mari Cruz Vicente, Txiki Muñoz y Garbiñe Aranburu. Y detrás 10.000 mil personas. Y todo ello en Madrid.

Imaginen que en la pancarta pone “Paz en el País Vasco: ahora los presos”.

Imaginen que al día siguiente El Mundo, El País, el ABC… dan cuenta de lo sucedido, con bastante objetividad.

Yo lo he visto. Eran ellos y ellas, o mejor: eran lo que ellos y ellas representan.

Eran Jean-René Etchegaray (nuestro lehendakari de Iparralde), Max Brisson (cabeza de lista en las senatoriales de Les Republicains), Frédérique Espagnac (exsenadora y miembro de la dirección del PSF), Hamon (expresidenciable socialista francés), Xabi Larralde (Sortu), el PNV, la CGT, la CFDT, LAB, ELA…

Estaban todos y todas las que tenían que estar.

Miren la foto. No la encontrarán fácilmente, ni siquiera en la prensa vasca de ayer.

Por si la foto no era suficiente toma la palabra el lehendakari diciendo que se sienten insultados, porque 6 años después de Aiete y de que ETA finalizase su actividad, y 8 meses después del desarme, el Gobierno francés aplica una legislación de excepción a los presos y presas vascos. Lo dijo Etchegaray. Y dijo muchas cosas más.

Luego hablan la hija de un preso, Anaiz Funosas y Michel Tubiana, artesanos ambos y éste presidente de Honor de la Liga de los Derechos del Hombre, prestigiosa organización de más de un siglo de existencia. Habla Mixel Berhokoirigoin y actúa Fermín Muguruza.

Yo estaba allí y lo vi.

Y esa foto no es casualidad. Fueron a Aiete y se lo creyeron. Y creyéndoselo decidieron encontrarse, conocerse y reconocerse. Y en el tiempo han construído una pedagogía de la paz y la convivencia que nos hace ver visiones aquí, en Hegoalde:

Cuando la policía detuvo a quienes ahora hace un año en Luhuso estaban desactivando armas de ETA, se pusieron de su lado. Y le dijeron al estado francés que no era de recibo que gente de bien se arriesgase por hacer aquellas cosas que debía hacer el estado.

Cuando llegó el 8 de abril, volvieron a dar amparo a la gente que se jugó el tipo por completar el desarme, asumiendo la responsabilidad política y técnica de algo que jamás la sociedad civil debería haber tenido que asumir.

Y cuando ha llegado la hora de los presos y presas, se han puesto al frente del clamor popular. No porque se consideren el frente de nada, sino porque entienden que su función es precisamente dar cauce al clamor de la gente. Porque entienden su liderazgo político conectado estrechamente con las aspiraciones éticas y políticas de una sociedad que se autoorganiza.

Abro el Berria del domingo y leo la entrevista a Mixel Berhokoirigoin, artesano de la paz, y, en mi opinión, el más grande dirigente abertzale de todos los tiempos. No sobra ninguna de sus palabras. Y avisa:

no aceptaremos que dentro de cuatro meses las cosas sigan igual. Nos moveremos antes y cambiará nuestro tono”.

Yo le creo. Porque lo he visto.

Porque tienen fe y actúan, y haciéndolo mueven montañas. Zorionak, Artisauak!

 

P.D. Abro el Noticias de Gipuzkoa del domingo y leo la entrevista a Jonan Fernández. Se refiere a Paris diciendo que no basta con manifas, que hay que hacer más cosas… y pasa a detallar lo que ETA y los presos y presas deberían hacer o haber hecho.

Hay dos cosas que no dice:

  1. Que lo de Paris es mucho más que una manifa, que es un trabajo y una pedagogía de seis años, que incorpora hoy a todo el arco político y sindical de Iparralde, a excepción del Frente Nacional.
  2. Que la sociedad, las personas, los presos y las presas tienen derecho a equivocarse… pero lo estados no tienen derecho a no aplicar la ley y los principios constitucionales, o dicho de otra manera: que los derechos fundamentales no pueden estar concidionados a que las personas hagan una cosa u otra, por muy exigible que esas cosas resulten políticamente.

Jonan sabe ambas cosas. Ez da gaur goizekoa. Y las he echado en falta.

Ah! Y no ha faltado a la cita del día después, a contar lo suyo. Como hizo el 9 de abril…

Triste.

 

La fórmula Azpiazu

Yo estaba con Azpiazu. Ya lo recordarán. Allá por mayo, al consejero de Hacienda se le fue un poco la pinza y dijo que había que subir el impuesto de sociedades, que en Euskadi los beneficios de las empresas se gravan poco, y que hay que ser solidarios.

“¿Subir impuestos a las empresas? ¡Lo que nos faltaba!”

Y entonces, como explicara Carlos, “contra este espectro se conjuraron en santa jauría todas las potencias de la vieja” Vasconia: Olano y Rementería, Garcinuño y Larrañaga, los populares vascos y el Vocento local.

Uno por uno fueron pasando todos los jeltzales por el aro en llamas de Confebask. No ha habido sarao patronal en que Urkullu y Tapia –de cuerpo omnipresente– no hayan sido interpelados por la fiscalidad: “¡Nada de subir, todo lo contrario, hay que bajar el impuesto de sociedades!”. Al principio, algunos jeltzales aguantaban el tirón y desviaban balones: “trabajaos el PSE, que es quien no quiere bajarlos”… Y en esas estábamos, pensando que bajar lo acabarían bajando, pero un poco menos de lo que querían.

Y entonces viene la aritmética. Hay que aprobar los presupuestos del Gobierno Vasco. Y dicen Unidos-Podemos y EH-Bildu que con ellos no cuenten, que piensan igual que la mayoría sindical y muchas organizaciones sociales, que los presupuestos son pero que muy de derechas.

La ocasión que ni pintada: hace falta el PP para aprobar los presupuestos. El PP dice que está por la labor, pero siempre y cuando se haga lo que el PNV quería hacer desde el principio: bajar el impuesto de sociedades. El PSE cede por eso de la responsabilidad y… ¡tatachán! Ahí tienen ustedes: la reforma de Confebask pactada y los presupuestos aprobados.

No se olviden de esta fórmula: 135+35=PNV+155. Es la fórmula Azpiazu.

Se lo explico:

  • 135 es aquella reforma express del artículo ídem de la Constitución. De aquel polvo vino el lodo de la Ley de Estabilidad Presupuestaria y luego el lodazal, la llamada Regla de  Gasto aprobada gracias al voto del PNV en Madrid. Por esa regla no se puede gastar más ni aunque recaudes más. Es decir, que gobierne quien gobierne, la política es de derechas. “Y si no vas a gastar más… ¿pa´qué vas a recaudar más?”.
  • 35 es el Ibex, las empresas españolas más grandes que cotizan en bolsa. Las que se embolsan a espuertas, entre otras cosas, los fastos del TAV y el coste de la luz. Las que ya pagaban una miseria por el impuesto de sociedades.
  • Los del 155, ya saben quienes son: C´s (ese Aznar naranjito), el PP (de toda la vida) y el PSOE (con el carburador rectificado tras el yuyu temporal de Sánchez).
  • Y al PNV ya lo conocen.

¿Que no lo entienden? Les vuelvo a explicar la fórmula de marras:

  • 135+35 son la política real, los que mandan: el gran capital y la Constitución.
  • PNV+155: son las siglas de conveniencia.

Pero la culpa la tiene ETA… digo… ELA, que tiene secuestrada a la izquierda. ¡Vaya lío tengo!

¡Que vuelva Azpiazu! ¡Que me lo explique!

La coherencia de Urkullu

Nadie puede negar la coherencia del lehendakari Urkullu en relación con los debates de autogobierno.

En la campaña previa a las elecciones que le llevaron a su investidura puso en circulación dos ideas que ha repetido machaconamente hasta la actualidad. La primera dice que una eventual modificación del estatus político vasco debe hacerse de manera “transversal”, que es su manera de decir que al menos uno de los dos “grandes” españoles (PSOE o PP; Podemos no existía ni existe a este respecto) deben estar en el acuerdo. La segunda idea es que para modificar ese estatus, hay que seguir un procedimiento: diálogo, negociación, acuerdo y ratificación. Es decir, que el “pueblo” soberano, sólo debe aparecer al final del proceso, para ratificar un acuerdo que debe fabricarse previamente entre élites políticas.

A nadie se le oculta lo que ambas ideas suponen en el debate político vasco. Defender esa “transversalidad” supone aceptar que nuestro eventual estatus no tendrá, de ninguna manera, algo parecido al derecho a decidir, ni a buen seguro cuestiones “menos” trascedentales para la España uniforme (legislación laboral y social, seguridad social o alguna forma de confederación con Navarra). Si uno mira a Cataluña, y sobre todo a España, no hay lugar a dudas. En cualquier caso, no deja de ser sorprendente que, antes de comenzar a hablar de autogobierno, se regale a los grandes partidos españoles (el pacto de estado) el derecho de veto. Bárbara concesión.

Por otro lado, la idea de que el pueblo sólo pueda participar al final de la negociación de élites, ha conocido posteriores desarrollos. Así, el propio lehendakari ha señalado cosas tales como que “me alarma que movimientos sociales sin responsabilidades condicionen Cataluña” o que “movimientos sociales sin responsabilidad política condicionan a los partidos que tenemos que rendir cuentas a la sociedad. Es delicado confundir democracia representativa con participativa“. La hipótesis de un movimiento o una sociedad civil que acaba presionando en el ámbito institucional a los partidos para que vayan en la dirección que en principio quizá no querían, parece producirle urticaria a nuestro mandatario.

A partir de ahí, de todos y todas es conocido el discurso del lehendakari defendiendo la bilateralidad. Sería posible, a su entender y en las actuales condiciones, plantear un acuerdo de tú a tú entre la CAPV y el estado para revisar nuestro autogobierno. Lo que ha sucedido durante todos estos años no le provoca ningún desaliento. Ni el portazo al llamado Plan Ibarretxe, ni la sucesión de los acontecimientos en Cataluña desde el “cepillado” del estatut. No es extraño que la posición del lehendakari haga las delicias de toda la prensa y la canallesca española y españolizante, y muy en especial la del Grupo Vocento, cuyos buques insignias en la CAPV, El Correo y el Diario Vasco, hegemonizan la venta de prensa escrita y condicionan, en no poca medida, la agenda informativa de los propios medios de comunicación públicos.

Hace escasos días, preguntado por las labores de la comisión de autogobierno del Parlamento vasco, el lehendakari adelantó sus intenciones. En caso de que no haya un acuerdo para la revisión del estatus político vasco entre los partidos con representación en el parlamento, el propio lehendakari redactará unas bases y principios allá por 2018 o 19 para la revisión de ese estatus. Bases y principios que, como aclaró, en ningún caso será un articulado de nuevo estatuto.

El lehendakari se da tiempo, muy probablemente, para que no haya una propuesta de estatuto en esta legislatura. Es lo que se viene haciendo desde hace más de 10 años, tras el llamado Plan Ibarretxe. Alargar las legislaturas, difuminar el conflicto político y adormecer la conciencia de la ciudadanía sobre lo que verdaderamente está sucediendo con nuestro autogobierno. Cabe recordar que el propio portavoz del Gobierno vasco ha denunciado que para el estado el estatuto es una pura norma descentralizadora.

No sé qué va a pasar en relación con nuestro autogobierno. Me imagino esas bases y principios. Incorporarán, como corresponde al purismo abertzale, la reivindicación del derecho a decidir. Entonces el PSE y el PP se enfadarán, y quizá el PSE hasta abandone el Gobierno vasco de coalición, unos pocos meses antes de las elecciones autonómicas. Y entonces ya estará servida la confrontación electoral, entre los radicales nacionalistas y el cosmopolitismo socialista. Más madera, para terminar otra vez, en la siguiente legislatura, con el tripartito real que domina la política vasca desde hace décadas, la entente PNV-PSE-PP que decide sobre las “cosas de comer”, como son la fiscalidad y el grueso de las políticas públicas. Para la carnaza y la contienda quedan “asuntillos menores” como lo que dice Idoia Mendia sobre la imposición del euskera en la administración pública. Temas sin importancia.

Pero los renglones de la política no son rectos. La vida social, afortunadamente está llena de incertidumbres. Y he aquí un estado español determinado a que en Cataluña no haya una vía democrática para el autogobierno, y un pueblo, el catalán, que ha entendido que, siendo eso así, igual hay que independizarse para abrir vía a una nueva democracia.

Este no es para nada, el debate que Urkullu quiere. No es que al lehendakari no le ponga el autogobierno de Cataluña, que me imagino que sí. Lo que ocurre es, por una parte, que los intereses que defiende son objetivamente similares a los de las élites españolas. Lo que ocurre es que es un hombre de orden, que no va a permitir que la sociedad marque el paso y el horizonte de esas élites. Lo que ocurre es que para garantizar ese “orden” hace falta un estado que (como el Reino Unido) esté a la altura de esa bilateralidad que el lehendakari reclama. No existe ni el estado ni el rey de España que pueda dar ninguna salida ni a Cataluña ni a Euskal Herria en términos de bilateralidad. Esto es lo que el lehendakari no quiere concluir, porque eso le obligaría a cambiar de estrategia, de alianzas y de horizonte, tanto a su gobierno como a su partido. El gobierno que mutila su autonomía fiscal pactando el techo de gasto y que recibe el apoyo del PP para sus presupuestos; el partido, el PNV, que sostiene los presupuestos del Rajoy en el estado,

Por eso me entristecen las declaraciones de esta mañana del propio lehendakari, diciendo que en Cataluña, siendo sinceros, no se dan las condiciones para una consulta con garantías. Podía haber hablado de la política represiva del estado, de los alcaldes amenazados, de la sindicatura electoral ya en la diana, de las conferencias y debates públicos que se prohíben, de las amenazas de muerte que, como saben, están recibiendo políticos y políticas catalanas. No. Ha hablado de las deficiencias catalanas de procès y de quienes lo impulsan, como si estuviese en sus manos mejorar el nivel de no sabemos qué garantías. Podía haber hablado de eso, y hasta podía haber callado. Pero no la hecho, y seguirá copando los titulares laudatorios de la canallesca española… pero no sabemos para qué.

Y en el fondo, una obsesión: desconfiar de todo aquello que huele a dinámica cívica y de la sociedad civil. Exactamente igual que le pasó el 8 de abril.

De falta de coherencia está claro que a Urkullu no se le puede acusar. Eso sí, en relación con el autogobierno, el nuestro y el catalán, un auténtico fraude el suyo, una auténtica impostura.

 

Yo estoy con Azpiazu

¡Vaya semanita!

El lunes Unai Rementeria, diputado general de Bizkaia, se planta en la prestigiosa London School of Economics para seducir a las empresas británicas con las ventajas fiscales que su territorio ofrece. Frente al Brexit Bizkaigetin pero subvencionado.

El martes, envidiosilla, la patronal vizcana Cebek sale para pedir lo obvio al señor Rementeria: que suprima el impuesto de Patrimonio y baje el de Sociedades… porque si no, a las empresas del señorío les puede dar por el Bizkexit.

El miércoles, el consejero de Hacienda del Gobierno vasco, Pedro Azpiazu, durante una conferencia organizada por Adype –la Asociación de Directivos y Profesionales de Euskadi– dice que los tipos de Sociedades ya están “bastante bajos” en Euskadi en comparación con los de Alemania, Reino Unido o Francia. “En el Estado, en 2016 la recaudación de Sociedades en el conjunto de la recaudación significa en torno al 12%, y en Euskadi es en torno al 7%. Eso es una prueba de algodón”. Es una forma de decirlo, lo del algodón: en el resto del mundo a eso se le llama paraíso fiscal.

Pero Azpiazu se planta el mismo día en la Asamblea de Cebek y dice algo más: dice Azpiazu que las Haciendas forales están abordando una reforma fiscal de fondo. Vaya por Dios. Las Haciendas, se supone, lo están haciendo sin contar con el Gobierno vasco.

No es la primera vez, ni supongo que será la última, que la música fiscal de Azpiazu, desentona bastante respecto a la coralidad armónica de los Diputados generales. Y no es la primera vez que los Diputados generales, hacen de la capa fiscal un sayo frente al Gobierno vasco y la propia Lehendakaritza. Me consta.

Que una Comunidad autónoma como la vasca, con menos de 3 millones de habitantes, tenga cuatro gobiernos es algo harto cuando menos extraño. Que la fiscalidad esté en mano de gobiernos provinciales es una dejación del Gobierno autónomo importante. Y que al margen del gobierno de la CAPV y sus criterios, haya unos Señores de la guerra foral y fiscal cuyo único objetivo es satisfacer las demandas de las empresas es algo que carece de sentido. Ya va siendo hora, señor Urkullu, de hacer gala de un poco de audacia, de embridar el sistema institucional vasco (la llamada LTH), de legislar (porque usted puede proponer eso al Parlamento) sobre materia fiscal, y de atender a los intereses de la mayoría social que es la que sostiene, y no las empresas, la recaudación fiscal y por tanto nuestros servicios públicos y estado del bienestar.

Yo, sin que sirva de precedente, estoy con Azpiazu. Lo que no sé es si el Lehendakari va a estar con su consejero, ni si el consejero, a finales de año, va estar consigo mismo.