Valentín Bengoa, bidelagun

Valentin Bengoa Etxeberria nació en Aretxabaleta en 1923. Su padre era militante de ELA y tesorero de la unión local del sindicato. Padeció los rigores de la guerra siendo niño y le marcaron profundamente. Se incorporó de muy joven a la Compañía de Jesús. Realizo sus estudios en diferentes lugares como Durango, Javier, Loiola, Oña… Tras pasar varios años Latinoamérica (Nicaragua, Venezuela…) y en el norte de Africa fue destinado a Loiola en los años cincuenta. Allí se le encomendaron diferentes responsabilidades de apostolado, principalmente entre los jóvenes.

A menudo recordaba haber sido muy consciente, ya en esos años 50, de que un mundo se venía abajo. No sólo eclesialmente por efecto de la secularización, ni siquiera por la dictadura por sí sola considerada, sino también en cuanto a referencias ideológicas y culturales, además del cambio social y económico que se intuía. Trabajó enormemente por buscar y encontrar unas nuevas referencias en los años 60 de la mano de los debates ideológicos y políticos que tenían lugar en la clandestinidad. Eran contínuas sus salidas hasta Donostia e Iparralde para hacer con las revistas y libros que era imposible encontrar en Hegoalde en busca del alimento que necesitaba. En torno a Bengoa se fueron organizando grupos de jóvenes con los cuales compartió inquietud por lo social. Quizá su principal aportación como sindicalista haya sido precisamente esta: constituir un grupo que con el tiempo se haría de izquierda, sindicalista y abertzale. Este grupo, cuyo principal núcleo se sitúa en el Urola, es el que protagonizaría a partir del año 74, y ya bajo el liderazgo indiscutible de Alfonso Etxeberria, la conexión con la dirección histórica de ELA en el exilio, un encuentro que tendría su expresión orgánica y organizativa en el III Congreso de 1976.

Legalizado el sindicato a la salida del franquismo, Bengoa transmitió a la dirección del sindicato una decisión personal que siempre mantuvo: él nunca participaría en los órganos del sindicato, estaría al margen de las decisiones organizativas. Es por ello que a partir del año 76 su contribución toma un cariz más concreto: vinculado al departamento de publicaciones y de formación, la aportación del jesuita sería la de ayudar, desde su reconocida talla intelectual, a dar forma y a convertir en línea editorial la reflexión colectiva que fluye en una organización en rápido crecimiento como fue ELA en los años 80. Su aportación es fácil de indagar en los innumerables articulos de diversas publicaciones, a menudo con su propia firma, y también con seudónimos como el de Jauregi.

Durante los primeros 80 intensificaría el contacto con sus compañeros jesuitas latinoamericanos, especialmente los nicaragüenses (había sido profesor del ministro sandinista Fernando Cardenal) y los salvadoreños (como Jon Sobrino o el mártir Ellacuría). Admiró y reconoció especialmente al maestro jesuita Miguel Elizondo, quien le ayudó enormemente, según decía, a ir elaborando su propia síntesis entre fe cristiana y vida política. Aprovechaba no pocos periodos vacacionales para ir a centroamérica. El contacto con la teología de la liberación le transformó totalmente, así lo solía reconocer, como creyente, como sacerdote, y como militante sindical. La teología que nació con Gustavo Gutiérrez a principios de los 60 le ofrecía el marco y el instrumental necesario para integrar su profunda fe cristiana con el compromiso sociopolítico.

Con el cambio de siglo su presencia en la sede confederal en Bilbao fue declinando poco a poco. Pero su jubilación no supuso ni mucho menos una ruptura con la vida del sindicato. Valoraba los encuentros con los militantes y con los miembros de la dirección, y no dejó de solicitar información del sindicato hasta el final. Cada lunes, hasta esta misma semana, telefonoaba a Bilbao, en concreto a Joxangel Ulazia, del departamento de formación, para que le trasladase los principales hitos de la coyuntura social y política. Y hasta hace sólo unos días, recibía innumerables visitas en la propia enfermería de Loiola.

En 2013 Bengoa accedió, tras años de negativa, a que ELA le rindiese un merecido homanaje. El acto tendría lugar en el XIII Congreso celebrado en enero de ese año. El discurso que allí pronunció puede encontrarse en Youtube, y es una muestra palpable de la personalidad singular de este jesuita atxabaltarra, sindicalista de raza. El Palacio Euskalduna se vino abajo cuando el anciano de 90 años gritó, entre otras cosas, “¡Vivan los piquetes!”, animando a los huelguistas presentes. Las delegaciones internacionales invitadas al Congreso no podían dar crédito del discurso sindical del viejo jesuita que hizo las delicias de los sindicalistas más jóvenes del Congreso.

En aquel discurso, con todo, cometió un pequeño error. Aseguró que, a pesar del homenaje, no tenía ninguna intención de morir, y estaría presente en el siguiente Congreso, el que ELA celebrará a mediados de junio de 2017. Lamentablemente no será posible. Nos ha dejado hoy, 25 de febrero. Su recuerdo, con todo, pervivirá entre la militancia de ELA.

En aquel homenaje le entregaron una vara y le concedieron un título que él agradecidió y compartió: Bidelagun, compañero de camino. Esa es la manera en que se entendió a sí mismo. Es la manera en que cientos de militantes de ELA han hecho camino con él: en manifestaciones, asambleas, cursos, conferencias.

Descanse en paz. Ez Adiorik!

¿Por qué no lo decimos?

Del debate de investidura que ha tenido lugar en el Parlamento de Gasteiz me quedo con dos cosas.

La primera la resumió muy bien Andoni Ortuzar cuando dijo a los medios que no iba a haber dinero para hacer otra política, es decir, que no se va a tocar la fiscalidad. Por lo tanto no va a haber recursos para revertir los recortes de los últimos años. La segunda se refiere al autogobierno. Tres fuerzas políticas que conforman una amplísima mayoría en la cámara (PNV, PSE y Elkarrekin-Podemos) han mostrado dos puntos de acuerdo fundamentales sobre una eventual reforma del estatus político vasco: que esa reforma se basará en la legalidad y en la bilateralidad.

Ambas cosas son, a mi entender, muy importantes.

Primero, porque hay una amplísima mayoría que defiende la continuidad en la política fiscal y presupuestaria: PNV, PSE y PP. Y en esto, hay coincidencia con la mayoría de las Cortes Españolas. Segundo, porque la posición política expresada en materia de autogobierno deja en minoría al soberanismo.

Alguno dirá “sí, pero hay una mayoría vasca que defiende el derecho a decidir”. Y efectivamente es así, lo defienden. Pero lo que se ha dicho en el debate es cuál va a ser la posición efectiva en los próximos años. Y lo que se ha dicho es muy claro: lo del derecho a decidir, ahora no toca. Si esto es así, hay que pensar que un plazo relativamente corto el Parlamento presentará un proyecto de estatuto político. Un proyecto que se tiene que remitir a Madrid.

No sé que pasará en Madrid una vez que llegue allí el proyecto. Si en España son inteligentes, negociarán un nuevo estatuto que cierre el debate de autogobierno por otras dos o tres décadas. El asunto tiene su interés para el PP y para el PSOE, e incluso para C´s y Podemos. Negociar un estatuto con Euskadi no sólo supondría “pacificar” las relaciones. El acuerdo aportaría algo que para España es más urgente y más necesario: supondría dotarse de un acuerdo con el que trasladar un mensaje contundente al nacionalismo catalán: “Deberíais ser como los vascos, que han buscado un pacto honesto con el estado y lo han conseguido, en base a la legalidad y la buena fe”.

Pasará esto o no. No lo podemos saber. Pero quienes defendemos el derecho a decidir, o mejor, quienes creemos que “es el momento” del derecho a decidir, deberíamos situarnos en esta hipótesis por una razón muy simple. Porque ese acuerdo abriría un nuevo ciclo estatutario que dormiría la reivindicación nacional para otros 20 o 30 años más, para toda una generación. Claro que podemos seguir así. Pero a mí, y creo que a otros muchos, no me apetece.

Paradójicamente, el discurso de EH-Bildu y del movimiento social por el derecho a decidir (Gure Esku Dago) ha venido apelando durante los últimos tiempos a un posible acuerdo, precisamente, entre quienes defienden el derecho a decidir. Esa posibilidad de acuerdo, que en el universo simbólico soberanista se nutre de imágenes diversas (Maltzaga, Lizarra…), se ha mantenido vivo hasta la investidura de Urkullu desde una constatación aritméticamente innegable: los parlamentarios vascos favorables al derecho a decidir son una inmensa mayoría, 57 de 75. Pero, como decíamos, lo que es cierto aritméticamente, no tiene por qué serlo políticamente.

Llegados a este punto, la pregunta es… ¿quién dará la mala noticia al universo abertzale? ¿Quién va a decir de una pajolera vez que la suma soberanista no puede ser el punto de partido de la estrategia soberanista? Y no es que no queramos. Sumar fuerzas entre quienes defendemos el derecho a decidir sería la mejor opción, sin lugar a dudas. Pero no se puede seguir obviando por más tiempo la posición de quienes, defendiendo al derecho a decidir, han expresado claramente, con luz y taquígrafos, que ahora, simplemente, no toca.

A nadie le gusta dar malas noticias. Pero hay que armarse de valor. Porque es preciso evitar una reforma estatutaria que no revisará ni un ápice nuestra posición de subordinación y dependencia respecto a España.

No sé qué lectura hacen muchos abertzales de lo que ha sucedido en Altsasu. Se trata de un episodio que tiene muchos ángulos, y ninguno bueno. Y yo creo que uno de ellos, y no el menor, tiene relación con el gobierno de Navarra. Creo que el estado va a intentar, entre otras muchas cosas, exacerbar las contradicciones del actual gobierno navarro. No porque crea que se va a apuntar al soberanismo ni porque vaya a implantar una comuna. No dan para eso ni los actores ni la correlación de fuerzas. El estado apunta al gobierno de Iruña porque es un ejemplo de lo que no debe cundir, no porque esté haciendo maravillas.: simplemente porque es una acumulación de fuerzas no tuteladas por el pacto de estado (PP o PSOE o ambos a la vez). No debe cundir ni en lo social, ni en lo nacional y cultural. Por eso Urkullu es el ejemplo a seguir. Por eso se le ensalza en los medios del estado.

Y por eso no entiendo nada, cuando abertzales de bien e independentistas, siguen enarbolando, a día de hoy, la bandera del acuerdo por el derecho a decidir. Ojalá fuera posible. Ya va siendo hora de aceptar como definitivo lo que se dice abiertamente hasta en el Parlamento. Y concluir lo necesario: quienes hoy aspiramos y necesitamos el derecho a decidir somos minoría. Dicho lo cual… ¡a trabajar!

Con todo, hay algo que todavía entiendo menos, como cuando en el diario impreso de referencia de la izquierda abertzale el pacto PNV-PSE se califica como “socialdemócrata”.

Por hacer memoria. Cuando asesinaron a Olof Palme en 1986, la presión fiscal en Suecia era del 47% del PIB (casi 10 puntos más que diez años antes). Ahora la presión fiscal en Suecia es del 44%. En la CAPV, la presión fiscal es hoy del 30% del PIB. ¿Nos hacemos una idea de lo que eso significa? El presupuesto del Gobierno vasco es de algo más de 10.000 millones de euros. Si esto fuese una socialdemocracia, ese presupuesto casi se podría duplicar. Que se lo digan a los que malviven de la RGI; que se lo digan a las trabajadoras de las Residencias de Bizkaia…

Basta ya de engañarnos, como abertzales, como izquierda. El rey está desnudo. ¿Por qué no lo decimos? Cualquier día puede ser bueno para empezar. Por ejemplo mañana, en Altsasu. Como debe ser.

 

Ahora, a por la democracia

Una de las prácticas más insorportables de las que acontecen en el sistema de medios de comunicación es la del llamado “periodismo de declaración”. Cada día abundan los espacios, los minutos, las imágenes y las páginas impresas sobre lo que diversos agentes sociales, económicos y políticos dicen, lo cual, a menudo, nada tiene que ver con lo que realmente hacen o simplemente sucede. Esta práctica periodística ha contaminado, en muchos casos, a los propios informadores y gabinetes de prensa de la clase política. En otros casos, esos gabinetes son impulsores entusiastas de esa forma de periodismo, lo que supone un importante ahorro de recursos para el conjunto del sistema mediático.
El pasado 10 de mayo, y en los periódicos del 11, se anunció a bombo y platillo un acuerdo entre la CAPV y Navarra. En la página web de Lehendakaritza se daba noticia de la firma del “protocolo de colaboración entre las comunidades del País Vasco y Navarra” por parte de Uxue Barkos y de Iñigo Urkullu, en calidad de presidentes de sus respectivas comunidades autónomas. La noticia tenía dos subtítulos, el segundo los cuales rezaba lo siguiente: “El protocolo establece una “alianza” por afianzar y avanzar en el autogobierno, y que se reconozca la bilateralidad como sistema de garantía”.
Me tomé la molestia de descargar el protocolo (ya que no había sido reproducido como texto). Pues bien, resulta que en ese protocolo no aparecen ninguna de las palabras principales de ese subtítulo: ni alianza (¿a qué vienen esas comillas?), ni afianzar, ni avanzar, ni autogobierno… La palabra bilateralidad sí aparece, pero no en relación con el autogobierno, ni su afianzamiento o su avance, sino exclusivamente en el capítulo que tiene que ver con la “Hacienda y la Política financiera”, y más en concreto con el Convenio y el Concierto Económico. El texto además no pide que se reconozca esa bilateralidad, como dice el subtítulo, sino que la “pone en valor”, extraño galicismo para nosotros, peninsulares, que no nos permite saber si esa bilateralidad existe o no realmente. Finalmente, la palabra garantía aparece una sola vez y en relación con la movilidad de los habitantes de ambas comunidades, por lo tanto sin relación con el autogobierno.
Según reza la crónica de la página web de Lehendakaritza, “Urkullu ha querido destacar que ambas comunidades comparten por fin la apuesta por la adecuación y actualización del autogobierno”. El lehendakari, por lo visto, “ha recordado que tanto el Gobierno Vasco como el de Navarra han sentido “la misma inquietud” por la estrategia centralizadora del Ejecutivo español, de ahí el compromiso adquirido por “defender conjuntamente” el Concierto y Convenio Económico y en favor de la bilateralidad como sistema de garantía, recurriendo a la figura del `pase foral´.
Pues bien: el protocolo firmado, un documento bilingüe de 22 páginas, no habla ni de autogobierno, ni de adecuación ni de actualización; no se habla en absoluto del estado, ni de nada que tenga que ver con su estrategia de centralización. Tampoco nada sobre defender conjuntamente algo, sino “que comparten su preocupación en la defensa”, es decir, dice precisamente lo contrario: que lo defienden por separado, compartiendo la preocupación, que es como no compartir nada. Y, como era de esperar, tampoco se dice nada sobre el pase foral ni nada parecido.
¿Cómo se explica entonces esta crónica de Lehendakaritza que, por lo demás, se ha reproducido con enorme éxito en los más variados medios de comunicación de nuestro país? Se explica por lo que decíamos más arriba. Barkos y Urkullu firman públicamente un protocolo, y al hacerlo hacen unas declaraciones. A partir de ahí, Lehendakaritza hace una crónica sobre las declaraciones, y los medios reproducen bien las declaraciones, bien la síntesis de Lehendakaritza. Muchos medios se ahorran un pastón, porque pueden reproducir crónicas sin necesidad de que ningún periodista dedique un sólo minuto al protocolo a cuya firma ha asistido. De esta manera, al ciudadano no le llega la menor noticia sobre lo firmado y, lo que es peor, en este caso al ciudadano abertzale o vasquista se le traslada la idea de que existe por fin una alianza vasco-navarra en defensa del autogobierno, lo cual carece de cualquier base documental.
El protocolo firmado podía haber recogido que durante la anterior legislatura española, 17 leyes promulgadas por el parlamento de Navarra han sido recurridas ante el Tribunal Constitucional, es decir: el protocolo podría decir algo sobre la suspensión de facto a que está sometida el legislativo en esa comunidad, expresión institucional de la soberanía tutelada de los navarros y navarras. Ambos gobiernos podrían hablar, igualmente, de la tenaza a que se están viendo sometidos sus ámbitos competenciales en múltiples materias como educación, política presupuestaria o relaciones laborales, por citar sólo unas cuantas. Pero el protocolo no habla de nada de eso.
El periodismo de declaración, y los gabinetes de comunicación de las instituciones, tienen un objeto preciso: que el pueblo no conozca lo pasa ni lo que se decide y se lleva a término. Por eso, el periodismo de declaración, cuando lo impulsan los medios privados, es, simplemente, manipulación. Cuando lo impulsan los medios públicos, es una subordinación inadmisible al poder de turno. Y cuando lo impulsan los gabinetes de prensa de nuestros gobernantes hay que encender la alarma: es que van a por la democracia.

Una de crema catalana… en Maltzaga

Durante las últimas semanas ha decaído bastante la cobertura informativa sobre Cataluña en los medios de comunicación vascos, sobre todo a partir de la investidura del nuevo presidente Carles Puigdemont. Las semanas anteriores a ese evento, sin embargo, y sobre todo en los medios abertzales y públicos, la cobertura fue sensacional. Esa oleada tuvo como principal argumento si las CUP, finalmente, debían otorgar o no su apoyo a la investidura de Artur Mas. Y en relación con las CUP y con el dilema político que se les presentaba, quisiera llamar la atención sobre tres posicionamientos muy dispares que se han explicitado, en mi opinión, en el seno del abertzalismo.

El primer posicionamiento ha sido el de los quienes rechazan de plano que la política institucional pueda estar sometida a los vaivenes de la movilización social. El lehendakari Urkullu, desde el punto de vista del discurso, ha cuajado la expresión más acabada de esta posición: “Me alarma que movimientos sociales sin responsabilidades condicionen Cataluña“. Se trata de una posición de principios que, por una parte, reclama en exclusiva para el ámbito institucional y partidario la gestión de cualquier avance en materia de autogobierno, y por otra, aconseja a los partidos “de orden” que no establezcan alianzas con fuerzas alternativas, como las CUP. Carl Schmitt y Leo Strauss aplaudirían con las orejas.

Un segundo espacio del abertzalismo que aparentemente conecta con el sentir de las CUP, de manera ora explícita ora subliminal, les aconsejaba, finalmente, ceder e investir a Más. Está bien lo de la izquierda, lo del rescate social, lo de la corrupción de CiU… Pero en “esa coyuntura histórica” de lo que se trataría es de avanzar en el proceso abierto, y ya se solucionarán más tarde las cuestiones sociales y de clase. El argumento es antiguo y está lleno de metáforas autóctonas, como la de Maltzaga, que se ha usado hasta la saciedad para decirle a las CUP lo que debían hacer. La apuesta recuerda al PCI y compromiso histórico, 45 años después…

Una tercera posición, creo que muy minoritaria en el nacionalismo, ha sido la que ha dado valor a lo que han hecho las CUP, sin llegar a concluir si finalmente había o no que apoyar a Mas. Para esta posición lo determinante no era el apoyo al anterior president, sino incorporar en el debate de investidura elementos de justicia social, de proceso por y para el pueblo, de bienestar y ciudadanía plena. Estos venían a decir que el principal reto del independentismo está en ganar la adhesión de mayorías sociales y por ello el proceso debe incorporar elementos de justicia y solidaridad social para las clases populares más castigadas por la austeridad y recelosas ante un debate soberanista que “no termina de hablar de lo suyo”. Por otra parte, daban valor a poner la cuestión social en el centro porque los estados no nacen neutros  sino que incorporan en su definición genética las posibilidades de las clases populares en el futuro, como bien se ha demostrado en la transición española, basada, entre otras cosas, en la no revisión de los privilegios de las clases pudientes durante el régimen franquista.

Si es cierto que el abertzalismo en su conjunto se ha decantado por estas tres posiciones difícilmente reconciliables, deberíamos sacar otras tres conclusiones bastante tristes. La primera es que la gran mayoría del abertzalismo le ha faltado al respeto a la CUP, lo cual es una pésima noticia. La segunda es que no cabe imaginar una estrategia independentista compartida para un universo abertzale conformado por galaxias tan alejadas unas de otras: estamos muy, pero que muy lejos de una teoría unificada que oriente al micro y al macrocosmos abertzale. La tercera es que buena parte de los que consideran que para alcanzar el derecho a decidir hace falta mucha movilización, están lejos de concluir que ese camino es difícilmente compartible con una parte importante del nacionalismo que detesta, precisamente, esa movilización y, sobre todo, su vocación de influencia política. Llegar a esa conclusión, con todo, “está en su mano” todavía.

Lo único bueno es la esperanza de que de lo malo, espero, aprendamos algo. Por lo demás, al cierre de esta edición, de Cataluña nos llega la noticia de que la coalición Junts pel Sí y las CUP han iniciado los trámites para elaborar tres leyes importantes relacionadas con lo que se ha dado en llamar la “desconexión”: la ley de transitoriedad o de Régimen Jurídico catalán, la de Administración Tributaria (Hacienda) y la de Protección Social (Seguridad Social), todas ellas previstas en la declaración del pasado 9 de noviembre. Esta iniciativa es la primera de enjundia política, junto a la prórroga otorgada a los presupuestos, que ha tenido lugar en Cataluña una vez constituido el nuevo gobierno. No es una cuestión menor este apoyo a los presupuestos (con 3 votos de la CUP por cierto) que tienen un evidente cariz neoliberal. Nadie está a salvo de contradicciones… y en mi casa a calderadas.

 

A vueltas con el cupo

A cuenta de la polémica en torno al concierto económico he realizado una pequeña investigación. Que me perdonen mis compañeros economistas. Espero no meter mucho la pata.
Resulta que el PIB per capita en España es de 22.780 euros en 2014. Pero el dato varía mucho de una comunidad autónoma a otra. Así, en Extremadura, la cantidad de riqueza anual por cabeza es de 15.752 euros, mientras que en la CAPV alcanza los 29.683, es decir casi el doble.
España es uno de los países con menor presión fiscal del conjunto de la OCDE. Esa presión es menor en Euskal Herria, aunque no mucho menor. En concreto, en el año 2013, del conjunto de la riqueza producida, el Estado recaudaba en forma de impuestos y cotizaciones un 32,6% de esa riqueza. En Euskal Herria algo menos, pero a los efectos, lo mismo.
En cualquier caso, es obvio que a una presión fiscal casi similar, la cantidad que se recauda en nuestra comunidad autónoma puede llegar ser el doble de lo que se recauda en, pongamos por ejemplo, Extremadura. Eso es lo que le permite decir, por ejemplo, al Gobierno Vasco, que dedicamos el doble de dinero a sanidad o a educación que en el resto del estado: porque es cierto. Con una política incluso más neoliberal (menor presión fiscal) pero en un país de mucha mayor riqueza, los recursos de que dispone el gobierno de Gasteiz son mucho mayores que el de otras comunidades autónomas que, además, no tienen autonomía fiscal. El gasto, pongamos, en sanidad por persona es mucho mayor, aunque la política sea igual o más de derechas que en el resto del estado.
Dicho eso, yo puedo llegar a entender que haya muchos españoles y españolas de bien, a los que no les guste la autonomía fiscal vasca. Y puedo entender que otros y otras muchas, respetando esa autonomía, discutan cuál debe ser la cantidad de euros del Cupo, es decir, la cantidad de ese pago que los vascos realizamos al estado anualmente por las competencias no transferidas a nuestro autogobierno. Lo entiendo perfectamente, y me parece muy legítimo que se quiera hacer ese debate.
Puestos a debatir, debatiría muchas más cosas: como el hecho palmario de que la fiscalidad vasca es una fiscalidad escandalosamente favorable a las rentas altas, del capital y de las empresas para castigo de clase trabajadora (la fiscalidad vasca no corrige, sino que agrava las desigualdades). No en vano esta misma semana nuestro lehendakari se ha desplazado a Alemania para decir a la compañía Mercedes, en resumen, que nuestro país es un paraíso fiscal para las empresas. De todo esto yo también querría discutir.
Pero lo que no entiendo, ni resulta legítimo, es la campaña de manipulación que, a cuenta del cupo, han puesto en marcha populares, socialistas y ciudadanos en el conjunto del estado. ¿Manipulación a cuenta de qué? Por lo menos a cuenta de dos cuestiones.
En primer lugar, manipulan a la opinión pública, porque quienes más vehementemente se están manifestando en contra de la autonomía fiscal, lo hacen apelando a un valor: la desigualdad. Y manda narices… que sean esos líderes políticos los que vienen imponiendo el guión de la Troika que no ha hecho sino exacerbar las desigualdades a golpe de reformas laborales, de pensiones, de negociación colectiva, y de recortes de prestaciones y servicios sociales. ¿Esos que claman ahora contra la autonomía fiscal vasca qué políticas de igualdad defienden en su país? Esta gente –que no se inmuta, es más, aplaude con las orejas el guión merkeliano que ha provocado el doloroso aumento de las desigualdades en España y en Euskal Herria– esa gente, digo, se pone en vísperas de las elecciones españolas a señalar al presunto vasco rico como si este fuese el culpable de todas sus desgracias. Es una auténtica pasada.
En segundo lugar, de lo que deberían hablar los españoles, 40 años después de la llamada transición, es de cómo es posible que las desigualdades interterritoriales sigan siendo tan enormes. He citado a Extremadura. Pero ahora voy a citar a Aragón. Nuestros compañeros de la Osta (sindicato de Aragón) dicen que más del 70% de los asalariados y asalariadas de todo Aragón, trabajan en la ciudad de Zaragoza. No sé si la cifra es exacta, pero no andará lejos. Esto es trasladable a muchas otras comunidades. Pues bien: ¿quién ha diseñado eso? ¿qué criterios de ordenación territorial y desarrollo industrial y rural se han seguido para que eso sea así? ¿y qué tenemos que ver los vascos y vascas en todo eso?
El PIB per capita de Hego Euskal Herria está en la media de la zona euro, es un poco inferior al francés, es superior al de Italia. Es cierto, somos un país más rico que España, y mucho más rico que algunas comunidades autónomas del estado. Se puede discutir de todo, evidentemente, como el pago del cupo. En 2014, la CAPV pagó a España –por seguir en España– alrededor de 1.500 millones de euros. Se puede discutir, por ejemplo, que en vez de 1.500 paguemos dos, cinco o diez veces más. Pero dicho eso, hay que explicar a la gente que 1.500 millones es mucho menos que el dinero público (25.000 millones) que se ha regalado a Bankia para que sus accionistas se sigan forrando. Que ni con 1.500 millones anuales, ni con 15.000, se pueden solucionar ninguno de los problemas estructurales de la economía española.
Hace 8 años la deuda española no llegaba a los 400.000 millones de euros. Ahora ya supera el billón, es decir, el millón de millones de euros: 1.000.000 millones; un 1 y doce ceros. Es decir, es más que el doble que hace 8 años. Esta evolución de la deuda sólo se explica por el rescate de una banca irresponsable y voraz a la que le importa un comino las desigualdades entre los ciudadanos y ciudadanas españoles. Se explica porque socialistas, populares y ciudadanos, unidos a convergentes y jeltzales, comparten que el guión de la austeridad contra las clases populares hay que llevarlo hasta el final: por eso les financia la banca y les perdonan créditos. Por eso pusieron el grito en el cielo cuando en Grecia parecía que se iban a aplicar otras políticas, no fuese a cundir el ejemplo. Por eso, no me digan que el problema, ahora también, somos los vascos y vascas.

Superar el desconcierto soberanista

Publicado ayer en 7K
El universo soberanista está desconcertado. Se percibe el momento como una ventana de oportunidad propiciada por diferentes factores: la crisis múltiple de estado (bipartidismo, corrupción, austeridad…), el espejo de Cataluña y Escocia, la amplia mayoría por el derecho a decidir recién acreditada en las urnas, el fin de la lucha armada, el clamor por la regeneración democrática… Pero, paradójicamente, el derecho a decidir parece estar fuera de la agenda política.
Se apunta a que lo que prima entre las principales fuerzas políticas soberanistas es la competencia electoral, lo que conlleva polarización, es decir, exaltación de las diferencias para tragedia del terreno que podría y debería ser común: “somos un pueblo y tenemos derecho a decidir”. Es posible. Pero es también posible que la referencia soberanista se encuentre de alguna manera auto-reprimida, como aquel cojo de Brecht, por dos muletas, una heredada y otra autoimpuesta.
La muleta heredada tiene el nombre de un cruce de caminos y frena ulteriores movimientos, bajo la prédica de que antes los hermanos deberíamos ponernos de acuerdo (gauden denok anai). Enterrado a día de hoy bajo las dovelas de una autovía y escasamente utilizada, aquel cruce se antoja hoy un no-lugar, incapaz de acontecer. La otra muleta, autoimpuesta, es tan grande como nuestros complejos, y tiene por leit motiv “integrar a la pluralidad y al diferente”. Suena civil y deseable, pero atufa a represión que – como diría el loquero-  incapaz de anular el afecto originario (la nación) nos lleva a confusión entre el representante y lo representado.
Es posible que urgidos por lo ideal -lo fraternal y lo hospitalario, Malzaga y Loiola- nos estemos llevando a engaño confundiendo las hipótesis deseables con la disposición de los agentes que podrían hacerlas posible… como aquel PC italiano del “compromiso histórico” tan necesitado de acreditación y de alianzas que acabó viendo una democracia cristiana que no existía.
Esas hipótesis ideales perviven, primero, porque lo son efectivamente y, segundo, porque tienen sus ventajas. De entre ellas una no menor: hacer posible encauzar definitivamente las agendas del pasado convertidas por el estado en un lodazal sin visos razonables de drenaje. U otra: pensar que el cambio político viene de manera necesaria y suficiente de la mano de las mayorías parlamentarias que podrían hacerlo posible… desoyendo, lo que debería ser obligado: la economía política y la cultura política.
Pienso que deberíamos dar por concluido, en términos de proceso político, que hay una correlación efectiva entre la orientación neoliberal de las políticas en general -compartidas por la democracia cristiana y la socialdemocracia estatal y nacional- y la pérdida de pulso político en la defensa del autogobierno. Dicho de otra manera: que las posiciones políticas de los posibles aliados en materia de autogobierno y derecho a decidir, se explican más por sus alianzas de clase y por sus dependencias financieras que por otros elementos ideológicos.
A ello deberíamos añadir que, 40 años después de una transición cortada a la medida de los franquistas (la correlación de fuerzas de la época quizá no daba para otra cosa), lo dramático es que el socialismo español es incapaz de hacer suya ninguna de las banderas que quedaron pendientes: república, memoria, federalismo, autodeterminación…
Hay que dar por definitivas estas posiciones y una tercera: la de que el estado va a hacer todo lo que está en su mano para impedir “su desmembración”.  Lo que significa que no va a dar nada y urgiría descartar, definitivamente, cualquier abismo de bilateralidad entre Euskal Herria y el estado, ni para la normalización ni para el autogobierno.
Dar por definitivo no es decir que las cosas vayan a ser así siempre, sino ponerse en camino sin esperar que vayan a ser de otro modo, y a partir de ahí tratar de ser honestos con lo que permanece y con lo que se mueve en cada coyuntura, abiertos siempre a nuevas sumas, alianzas, complicidades, articulaciones.
Y entonces ¿cuál es la hipótesis? La hipótesis es ganar lo más importante: una mayoría social favorable al derecho a decidir. Y a día de hoy considero que esa dinámica sólo puede tener dos banderas: un programa de justicia social y regeneración democrática y una dinámica de contención del etnocidio.
Del soberanismo escocés debemos aprender de la fortaleza de un proceso que ha hecho suyo, durante más de 20 años, un programa de confrontación con el neoliberalismo representado por la city londinense, y encarnado igualmente por los tories, los liberales y el propio laborismo. El corrimiento de las bases laboristas al SNP es el dato más radical de ese proceso. En nuestro caso, la existencia  de un sindicalismo nacional ampliamente mayoritario y opuesto a los modelos de concertación al uso constituye una excepcionalidad que podría ser aprovechada.
Del proceso catalán tomemos su impulso de regeneración democrática a partir de un relato sentido y compartido por bases plurales en relación con la experiencia real de autogobierno de cuarenta años. Mucho se habla entre nosotros del relato, en relación con la historia reciente y nuestro presente de violación de derechos humanos. Estamos, sin embargo, lejos de compartir un relato sobre lo que ha sido nuestra experiencia de autogobierno. La humillación nacional en torno al nuevo estatut catalizó un movimiento independentista más amplio que el nacionalismo. Entre nosotros, todavía pesa demasiado la defensa de los dos relatos correspondientes a las apuestas enfrentadas desde Txiberta, la de revisión (estatutismo) y la de ruptura.
En el horizonte, la próxima movilización programada por Gure Esku Dago.  Entraña un riesgo, que es el de acabar compitiendo contra sí mismo (altísimo el listón de la cadena humana de 2014). Un riesgo a asumir muchos antes de haber conseguido interpelar al sistema institucional y de partidos.
GED es y debe ser plural -es uno de sus grandes valores- pero no debería obsesionarse. Quienes nos acusan de querer el derecho a decidir para conseguir la independencia tienen gran parte de razón: hablamos de amor porque también queremos sexo. Pero el reto presente no es la pluralidad, sino la autonomía política que, lejos de buscar una equidistancia interpartidaria, busque interpelar y mover el tablero desde diagnósticos y propuestas propias. Y el punto de partida no tiene por qué ser el acuerdo “entre hermanos”. La fraternidad sí es, en cambio, el horizonte sine qua non de una comunidad dueña de su destino.

Itsusi(ok)

Internazionalaren letrarekin -eta are gehiago espirituarekin- bat ez datozen ehunka gertakariren lekukoak gara, egunero eta etengabe. Egon badaudelako -beti izan diren bezala- gure artean, enpresari justuak eta solidarioak; langile egoskorrak eta alperrak; Belen Estebanenak Txiki Muñozenak baino gehiago estimatzen dituztenak; edota matrimonioaren barneko berdintasunaren debatea eta tirabira konplikatu horiek etxeko langile etorkin baten enplegu ilegalaren bidez isiltzen dituztenak… Hori guzti hori horrela da, eta zaila egiten da Langile, Klase, Sindikatu, Justizia bezalako hitzekin idaztea, Maiatzak Lehenaren bezperatan.
Hori horrela da baina, kontua da inguratzen gaituzten gehienak, oraindik ere, soldatapekoak direla, soldatapekoak garela, eta izan nahi dute eta nahi dugu gure bizi asmoak garatu ahal izateko. Eta soldatapekoak izateagatik egunaren ordurik onenak -aztien, garbien, indartsuen gauden ordu horiek hain zuzen- saldu behar ditugu, maite ditugunon bizia bermatu ahal izateko. Soldatapekoak izateagatik ez dugu erabakitzen zer egiten dugun, nola egiten dugun, zer baldintzatan egiten dugun, zer bitartekoekin egiten dugun, norentzako egiten dugun, zertarako egiten dugun… egiten duguna. Soldatapekoak izateagatik, eta soldatapekoa izaten jarraitu ahal izateko, isiltasunaren zurrunbiloan murgildu izan gera gehienetan, geuri edota aldameneko kideari kalte egin diotenean, “virgencita, virgencita, que me quede como estoy” izkutuan errezatzen genuen bitartean. Orain bezala, Internazionalaren abestia egin zenean, gutxiengo txiki zen antolatzen eta borrokatzen zuen langile kopurua, beti izan den bezala.
Badira ordea antolatzen asmatu dutenak. 2008 eta 2010 urteen artean, bi urte, bederatzi hilabete eta hamazazpi egunez greba egin zuten laurogeita hamar langilek. Denak emakumeek ziren. Eta Gasteizen gertatu zen. Baliteke hori izatea langile mugimenduaren historian gertatu den lan gatazka luzeena. Eta beraiek bezala, oraindik ere, mundu osoan, kontradikzioz eta miseriaz beterik, milaka emakume eta gizon goian aipaturiko otoitza egiteari uko egiten diote egunero, isilean, eta informatiboetan agertu gabe. Gizon emakume hauek ez dira zintzoenak, ez guapoenak, ez inteligenteenak. Eztaukate inolaz ere estetika progresistarik. Telezaborra ikusten dute gauetan eta Belen Esteban miresten dute, Txiki Muñozen kaltean.
Antolatzen diren hauek Internazionala zailtasun handiz tarareatzen dute baina ez dute behar, Internazionala ez delako beraientzat errealitatearen deskripzio bat, betebehar bat baizik. Urtean, egun bakar batez, itsusi hauetako batzuek burua altxatzen dute, esateko, beraiek egiten dutela mundua, mundua egiteko bitartekoak beraienak ez badira ere. A ze nazka ematen duen, ematen zuen, eta emango duen beti, ikusteak itsusi hauetatik datozela aldaketak mundura! A ze nazka gure estetika postmarxista eta postmodernistarentzat! Itsusiok!