Combatir el nuevo fascismo

En un libro publicado hace tres años (“Sociología jurídica crítica. Para un nuevo sentido común en el derecho”) el pensador portugués Boaventura de Sousa Santos teorizó el concepto de fascismo social como riesgo inherente a las democracias post-modernas que nos tocan vivir. El libro ha resultado ser un análisis premonitorio de lo que ha venido recientemente en materia de recortes, intervenciones y rescates de los llamados PIGS, y constituye un buen punto de partida analítico de lo que nos va a tocar ver en fechas próximas.

Con la expresión fascismo social”, dice el autor, “no se está hablando de un regreso al fascismo de los años 30 y 40 del siglo pasado. A diferencia del anterior, el fascismo actual no es un régimen político. Es más bien un régimen social y civilizacional. En lugar de sacrificar la democracia a las exigencias del capitalismo, trivializa la democracia hasta el punto que ya resulta innecesario, ni siquiera conveniente, sacrificar la democracia a fin de promocionar el capitalismo. Se trata de un tipo de fascismo pluralista producido por la sociedad en lugar del Estado. El Estado es aquí un testigo complaciente, cuando no un culpable activo”. Así por ejemplo, en el reconocimiento formal de las libertades, pero en la represión efectiva de su ejercicio.

El autor distingue varias clases de fascismo social de los cuales el más atroz es el fascismo financiero. El cártel de los llamados mercados resulta ser el más “pluralista” en el sentido que los flujos de capital son el resultado de las decisiones de millones de inversores individuales y corporativos esparcidos por todo el mundo cuyo objetivo común único es el de maximizar el beneficio. Es el fascismo más cruel, puesto que su espacio-tiempo basado en lo instantáneo y su carácter desregulado, resultan ajenos a cualquier deliberación democrática y “debilita en cuestión de segundos, la economía real o la estabilidad política de cualquier país. La crueldad del fascismo financiero consiste en que se ha convertido en el modelo y el criterio operativo de las instituciones de regulación global: las agencias de calificación, el FMI, los bancos centrales”.

Este fascismo financiero ha conseguido en muy pocos años que la propiedad de los medios de comunicación de masas hegemónicos haya pasado a manos de las corporaciones más poderosas, configurado un espacio comunicativo manipulador y desinformador. Al mismo tiempo, todos los partidos políticos sistémicos, y especialmente las dos grandes familias políticas europeas (socialdemocracia y democracia cristiana) se encuentran secuestradas ideológica y financieramente por esos poderes. Las puertas giratorias entre poder político y económico completan el circulo vicioso de este tiempo aciago que nos toca.

Ese fascismo social es también un régimen caracterizado por relaciones sociales y experiencias de vida bajo relaciones de poder e intercambios desiguales. El empobrecimiento masivo al que asistimos apuntan en un futuro próximo a nuevas experiencia de appartheid social expresión del cual es el nuevo fascismo contractual, toda vez que la parte más débil y vulnerable, se ve obligada, por no tener alternativa, a aceptar las condiciones impuestas por la parte más fuerte, por muy costosas y despóticas que sean. Es lo que estamos viendo cada día en nuestras empresas. Y es esta clase de fascismo la que orienta las políticas que flexibilizan los mercados de trabajo o privatizan los servicios públicos.

El fascismo de la inseguridad completa un cuadro desolador. Consiste en la manipulación del sentimiento de seguridad de las personas y grupos sociales vulnerables debido a la precariedad del trabajo o a otras causas. La ansiedad crónica está servida y la incertidumbre frente al presente y el futuro para nosotros y los que nos siguen. Es la mejor manera de reducir radicalmente las expectativas y disponernos a soportar enormes cargas para conseguir la más mínima reducción de la inseguridad. La servidumbre voluntaria y la medicalización masiva de la angustia –el consumo de ansiolíticos en nuestro propio país está disparado– consuma un cuadro de desesperanza para las mayorías sociales.

Creo que pensamos a menudo la democracia como algo dado, como un título ganado en el pasado por algunos estados presuntamente “virtuosos” mediante el cumplimiento formal determinados requerimientos jurídico-políticos. Sin embargo, deberíamos pensar que democracia es aquel sistema político en el que dominan realmente las fuerzas democráticas. Desde esta concepción más dinámica, estaríamos en condiciones de ver que nuestros sistemas políticos actuales tienen poco de democracia ya que son las corporaciones totalitarias quienes imponen hoy sus reglas.

Creo que, como De Sousa, el nuevo nombre del socialismo es democracia, y que nuestro primer objetivo debe ser cambiar la lógica del poder. En su III Congreso de 1976, ELA definió la fase política que lo tocó abordar como una democracia tutelada. Pues bien, ahora podríamos tildarla de la misma manera. Nuestra tarea es también decir basta al fascismo que se ha instalado en nuestra vida, en el sistema productivo, en nuestras instituciones y en la cultura de masas. Tengo para mí que la defensa de la democracia debe ser, desde ya, el primer capítulo de nuestra lucha sindical.

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