La huelga me pone… lo siento

Me dan lástima los políticos que para criticar la huelga general no le encuentran mejor apelativo que el de “política”, contribuyendo con su ocurrencia a su propio desprestigio.
Me exasperan las patronales que la cuantifican falsamente en términos económicos, ajenos al inmoral y cotidiano despilfarro de talento, recursos, pastillas y loqueros que supone el desempleo de millones de personas.
Me irritan los tertulianos, demócratas defensores de un genérico derecho de huelga, pero siempre en contra de “esta huelga”, siempre “¡No a esta huelga!”. Me irritan cuando acusan al huelguista de carecer de propuestas, como si su “no” fuese más meritorio que el currela violentado ante sí mismo para decir “esta vez sí, la huelga”, “esta vez sí”.
Monto en cólera con todos esos jueces de lo ético, peritos puntuales de los medios y fines, que la acusan de violenta, mientras sermonean ajenos al asalto cotidiano de los hombres de estado, de los de armas y de los agitadores de los medios de producción contra las clases populares.
Todo eso y mucho más me irrita, pero no puedo ocultar también un insana satisfacción en muchas otras ocasiones.
Así, me conmueve ver cómo la caverna se lamenta de la falta de unidad sindical, cuando lo que les preocupa es la ausencia de uniformidad.
Me ilumina ver al portavoz del gobierno sentenciar que no puede haber pactos con los que apoyan la huelga general. Aún disfrutaré más oyéndole, la víspera de la huelga, diciendo que la policía defenderá el derecho de los que quieren trabajar. Es entonces cuando piensa que la cosa se va aclarando.
Y me maravilla aquello que el pensador Jean Salem llamaba “la grotesca y sempiterna asimilación mediática de la huelga a una toma de rehenes (que) permite hacer pasar el paro laboral como el horror económico absoluto y como una forma de terrorismo“.
Y es que, por lo visto, la capacidad de intimidación y coacción es atributo principal y exclusiva de los trabajadores.
La huelga es ilegítima, como si los infames media no controlasen los instrumentos de medición de esa presunta legitimidad.
La huelga secuestra el tiempo, dicen, mientras defienden natural, de derecho y obligado, dedicar lo mejor de la vida a la apropiación por unos pocos del trabajo de todos.
La huelga secuestra el espacio, físico e informativo, que debería ocupar, a su entender, el magnífico espectáculo cotidiano de la contaminación capitalista, acústica y visual, urbana y mediática…
Mucho me temo que, en el fondo, lo que realmente les preocupa es la apropiación indebida de la política por parte del vulgo, del incompetente, del inculto, del iletrado, del analfabeto proletario. Les preocupa que los eternamente enfadados, los malos trabajadores, los acomplejados deciden, siquiera por un día, que su trabajo es la política y que no hay más política que su trabajo. Deciden que, por un día, su trabajo no va a estar sometido a las leyes naturales de la economía; que esa naturalidad es precisamente la política que hay que destruir; y deciden, siquiera por un día, dejar de ser un “recurso”.
El vulgo ha entendido que la huelga es política, que hay que politizar su sufrimiento y el de los suyos, nada natural, muy ideológico. Y entonces ellos dicen, esto es terrorismo.
La chusma decide que secuestra el tiempo, que al menos por un día, se desmoviliza la muela productivista y la ética del trabajo que la sustenta. Decide el currela que su derecho a la vida y el de los suyos no proviene de la aceptación de su propia servidumbre. Secuestra el espacio y lo transforma, haciéndose visible él mismo, y haciendo visible el vacío creado cuando paran los auténticos hacedores de lo real, los cotidianamente ocultos en ese espejismo de pulcritud, riqueza e igualdad. Y esto, dicen, eso es terrorismo.
Va la chusma y cree, siquiera por un día, que “la vida no es idiotamente matemática hasta el punto de que son sólo los grandes los que comen a los chicos, sino que sucede también a menudo que la abeja mata el león o, por lo menos, lo vuelve loco” (Strindberg). Y esas abejas, dicen, son también terroristas.
Les jode, en el fondo, que la huelga sea política; que esa política que hoy es “suya” en exclusiva quizá un buen día no se limite al escrutinio cuatrianual; les jode que la chusma se declare, en adelante, políticamente capaz y competente.
Y es entonces cuando siento que la huelga me pone.

Las citas de Salem y Strindberg están tomadas de un libro imprescindible
(Thèses sur le concept de grève, publicado por el Institut de démobilisation).
Este artículo es deudor, en gran medida, de lo mucho que su lectura me ha sugerido.
Existe una versión reducida del trabajo en formato pdf. Pincha aquí y disfrútalo.

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