30M, paisaje después de la batalla

Durante las semanas previas a la celebración de la huelga general el sistema mediático vasco –hegemonizado por grupos favorables a la ideología neoliberal– inundó ondas y páginas impresas de críticas a las promotores de la movilización. Lo que no cabía esperar es que, durante los días posteriores, la riada de descalificaciones iba a acrecentarse.

La consejera de Economía del Gobierno vasco, Arantxa Tapia, ha dicho que “en la empresa hay muchos trabajadores sin sindicato” a los que hay que dar voz. Los sindicatos, decía, “son resistentes al cambio”. Aitor Esteban, diputado en Cortes por el PNV, le seguía con que los “sindicatos están en la inopia y viven en otra época”. Para Azkuna, el “mejor alcalde del mundo”, las huelgas generales sirven “para desquiciar a la gente”. Patxi López entiende que los sindicatos “han frivolizado con la herramienta más importante que tienen los trabajadores”. Gibelalde, presidente de Adegi, habla de Gipuzkoa como un “territorio altamente hostil en cuanto a relaciones laborales”; el problema está en que “el sindicato mayoritario decidió en el 2000 pasar a la confrontación”. El presidente del SEA dice que el hecho de que mucha gente no parara significa que “la sociedad les ha dicho –a los sindicatos– que no quiere confrontar”. Kepa Aulestia, pródigo en críticas a las sucesivas huelgas (no se le recuerda una sola al mundo empresarial) señala que quizá el poder “prefiera tener frente a sí a un contrapoder reacio al acuerdo”, después de disculpar a la clase política local obligada “a cumplir medidas dictadas desde instancias internacionales”.

Pero de todas las críticas, me quedo con una: “la huelga es, ha sido, política”, y si los sindicatos quieren hacer política, “que se presenten a las elecciones”. No oculto al lector que una maliciosa sonrisa se dibuja en mi rostro cada vez que oigo esta frase. Oyéndola en boca de políticos, como es el caso del Consejero de empleo Aburto, se me antoja que descalificar algo diciendo que es “político” le hace más bien flaco favor a su propio oficio. La sonrisa se me agranda aún más cuando escuchamos cada día de qué manera empresarios y patronales solicitan modificaciones legislativas a su favor, grandes infraestructuras o la bajada permanente de impuestos, marcando así la agenda de la clase política, mientras ésta aplaude con las orejas.

A quienes nos mandan a elecciones les diremos que nos presentamos a ellas cada día, y los convocantes de la huelga, acreditan una representación superior al 60%. Si de lo que se habla es de adhesión afiliativa, el sindicalismo vasco en su conjunto acredita una tasa de sindicación total del 29% sobre el mundo asalariado(según datos del gobierno vasco), inmensamente superior a nuestros países del entorno, infinitamente superior a la afiliación de empresas a las patronales vascas, y no digamos cuanto mayor que la afiliación de la ciudadanía a los partidos políticos. Si de lo que hablan es de que nos metemos en sus asuntos, cabría responderles que los sindicatos, en democracia, son organizaciones soberanas para decidir sus programas, su ideología, su agenda y los blancos de sus críticas, y ello sin ingerencia de ningún otro estamento político y social. Y si con “política” lo que quieren decir es que se dan por interpelados, bienvenida sea la crítica, porque de eso precisamente trata una huelga general, de interpelar a la política.

La política partidaria e institucional, debería recordar que, mal que le pese, no tiene la exclusiva de la cosa política; que la política para serlo debe ser “re publica”; y que si lo que les molesta es que entre el ciudadano aislado y la sociedad política, intervengan organizaciones como los sindicatos libres, que lo digan abiertamente. Habrá que recordarles, en cualquier caso, que la razón de que los ordenamientos democráticos amparen el derecho de huelga y negociación colectiva, es precisamente, que la relación salarial es una relación de subordinación y necesidad; que, por serlo, el trabajador puede ser esclavizado; y que para impedirlo, su única defensa es la defensa, representación, lucha y negociación colectiva. Esa es la razón de ser de este sindicalismo que no les gusta.

Con todo, si tenemos en cuenta que prácticamente todo el arco parlamentario vasco, todos los canales de la TDT, el 90% de la prensa impresa, los sindicatos españoles, todas las patronales, y la inmensa mayoría de tertulianos y opinadores (incluidos los de los medios públicos) estaban en contra de esta huelga, demasiada artillería se me antoja que están usando para descalificar esta movilización que, dicen, “ha sido un fracaso”. Empiezo a pensar que tras el 30-M su mundo es menos redondo y está saliéndose de órbita. 

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4 thoughts on “30M, paisaje después de la batalla

  1. ¿Estaría de acuerdo la consejera de Economía del GV en aplicar el mismo criterio (dar voz a los no sindicados) en las elecciones “políticas” de los ayuntamientos, Parlamento Vasco…? ¿Los políticos “profesionales” podrían aprobar sus leyes con tanto descaro si en los parlamentos hubiera sillones vacios en proporción a la abstención?
    ¿Quiénes ostentan un apoyo más firme de la ciudadanía, los partidos políticos que reciben un voto cada cuatro años o los sindicatos que reciben la aportación económica de sus afiliados mensualmente (y sus votos cada 4 años)?

    • Es así. A unoscomicios cuatrianuales en que participa un 60% se le llama “la fiesta de la democracia”, y eso cuando todo lo sistémico (prensa, canales radio y tv, sistema de partidos, gobiernos, instituciones…) no sólo te llaman a participar, sino que culpabilizan a los abstencionistas (porque “no tienen derecho a quejarse luego”). Un paro, en cambio, del 60%, denostado por todos, es un estripitoso fracaso. ¡formas de contar!

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