El emprendedor como mito del capital

El emprendimiento, y los emprendedores, están en boca de todos. De todos los partidarios, se entiende. Por nuestros lares, Adegi puso en marcha su Foro de Emprendedores allá por 2012. El gobierno español, por su parte, aprobó una ley en 2013 de apoyo a los emprendedores. Y el gobierno vasco, como desarrollo de la ley que aprobó en 2012 al respecto, acaba de presentar el llamado Plan Interinstitucional de Apoyo a la actividad emprendedora, con el presupuesto nada desdeñable de 266 millones de euros (más de 10 veces lo que este mismo gobierno se gastó el pasado año en Ayudas de emergencia social). Los emprendedores están en los discursos de patronales y representantes políticos, y no le faltan espacios dedicados en los medios de comunicación privados y públicos, como ejemplo del “giro positivo” al que todos estamos llamados en medio de este cataclismo social.

Se me antoja que con este concepto de emprendedor, o de emprendimiento, el capitalismo está procediendo a la construcción de un nuevo mito, en el sentido que al mito otorgaba el  antropólogo belga Claude Lévi-Strauss. Espero no manipular demasiado al autor si digo que para él el mito trata de dar respuesta a preguntas fundamentales y de sentido presentes en las sociedades; elabora el relato a través del antagonismo de personajes o de valores; y ello para, finalmente, reconciliar al receptor del mito (al hombre-mujer en sociedad) con una perspectiva de sentido capaz de sostenerle en la zozobra inherente a la vida humana en sociedad, hoy liberal capitalista.

En el discurso dominante –el único que, en rigor y con extensión, habla de este tema– el emprendedor encarna valores del todo admirables como son la iniciativa, la osadía, el riesgo, la autonomía, la independencia, la oportunidad, el atino, el dinamismo, la flexibilidad, la diligencia… Estos valores tienen su antagonista  en el trabajador de toda la vida, que personifica  valores de pasividad, previsibilidad, dejación, seguridad, rigidez, intransigencia… Esta operación axiológica, convierte al emprendedor en el nuevo artesano del cambio social, de la competitividad, del crecimiento y ello, a mi entender, con un doble objeto: por una parte, situar en el ámbito individual la salida a un contexto de precariedad, paro masivo y desprotección (incluido el de los falsos autónomos), y por otro lado, profundizar en la ofensiva ideológica neoliberal para desprestigiar  y fragmentar a la clase trabajadora. Que no se identifique, en definitiva, al emprendedor, con el común de los mortales, con el ejército de precarizados resulta fundamental.

Bien se ocupan las leyes citadas de definir al emprendedor como aquel que pone en marcha una actividad productiva. La asociación de ésta a los valores citados antes, conforman un cuadro donde las actividades indispensables para la vida, en cambio, permanecen como siempre desvalorizadas. Si analizamos los discursos dominantes, quien emprende es un individuo sólo, autoempleado, autoexplotado; ajeno a un contexto amenazante para la comunidad en que opera; ajeno a los recursos, instituciones y cuidados (afectivos, educativos, sanitarios, fisiológicos…) de que ha gozado hasta la víspera del “acto heroico de emprendimiento”; ajeno en definitiva a la comunidad en la que crece, prospera y emprende… Un hombre, una mujer, sujeta a su sola fortaleza y estímulo. El mito del emprendedor es una llamada a preocuparse por uno mismo, cuando el sistema ha decidido que ya no se ocupa de ti, o te amenaza con que no va a hacerlo por más tiempo en el futuro.

Operando intelectualmente como los moralistas de la ilustración escocesa esta maniobra axiológica, asocia a la figura del emprendedor la visión según la cual la búsqueda del interés propio acabará generando virtudes públicas, en un ejercicio notable de prestidigitación ética: la transferencia de la culpa a quienes presuntamente encarnan los otros valores, en nuestro caso, el trabajador asalariado. El emprendedor seria el artífice no sólo del cambio que él presuntamente necesita, sino del cambio que el conjunto de la sociedad necesita en esta crisis, creando además el empleo que los “parásitos” habrán de ocupar. “Queremos contratar” se titula el manifiesto del Foro de emprendedores de Adegi. Resuena, llegados a este punto, la Fábula de las abejas de Mandeville: el día en que las abejas decidieron practicar la virtud comenzó el desastre…

Adiós sociología, adiós política… Asignación unilateral de valores, revolución ética y psicología, mucho pensamiento positivo. Todo el mundo parece tener el talento adecuado y suficiente para ser un emprendedor de éxito. Toda una literatura gerencial se pone a disposición de los jóvenes emprendedores: coaching ontológico, PNLs y demás artillería. Si no puedes, es que no te has sacrificado lo suficiente. Si no te sale, es que no te has equivocado las suficientes veces. Lo de ganar dinero es una cuestión de optimismo.

Por todo ello, lo del emprendimiento sería sólo un mal sueño, si no fuera porque en una situación de paro masivo se está manipulando esta categoría para trasladar a los propios trabajadores y parados la responsabilidad de su situación. Cada uno debe de resolver sus problemas, dejar de ser un pasivo… Leña, por tanto, a los “subsidiados”: mejor gastar los fondos públicos en emprendedores que en parados.

¡Qué enorme operación ideológica! He aquí la manera en que la clase empresarial de toda la vida se apropia de todas las virtudes: no hay empresario o directivo negligente, ni codicioso, ni incapaz, ni corrupto… los vicios siempre fueron patrimonio de la clase trabajadora. Ya lo decía el diputado español Boffil, en 1904, cuando se debatía en las Cortes el descanso dominical: “cerradas las tiendas, las fábricas, los talleres y los teatros, sólo quedarán abiertos como bocas de lobo, la taberna, el juego y la prostitución. ¡Qué va a ser de la juventud desocupada y concupiscente!”. Seguirán velando por nuestra moral. Emprendedores.

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