El reto a que debemos responder

 

Transcripción de mi intervención en las jornadas organizadas por Herria 2000 Eliza en Gasteiz, el 27 de mayo de 2014

Alguien dijo que estrategia es definir qué se puede hacer cuando no se puede hacer nada. Visto el cuadro de averías dejado por la crisis, junto a un cierto sentimiento de impotencia de ese tenor, aparece también un reto interpretativo de primer orden: en qué tenemos que fijarnos, a qué debemos dar prioridad, qué elementos de esta crisis odiosa tenemos que, de alguna manera discriminar, y en qué debemos centrarnos. En definitiva, qué tenemos que hacer.

En un foro como este, esa pregunta tiene una respuesta inmediata, que el mundo sindical no puede sino compartir y hacer suya: lo que no se puede discriminar, aquello ante lo que no se puede cerrar los ojos son las personas empobrecidas en el transcurso de esta crisis. Viejos y nuevos pobres para los que no hay brotes verdes, y a los cuales hay que dar una respuesta urgente. Esto es así, pero, sin embargo, dicho eso, es hora de hablar de política: qué medidas concretas, que políticas…

Con la intención de dar respuesta a esa pregunta, quiero repasar, brevemente, los hitos principales de esta crisis que arrastramos desde el 2007, y a partir de ahí identificar los retos y de qué manera creo que está respondiendo el sindicalismo, o debe responder al menos.

De dónde venimos

Partimos del crack de la llamada burbuja inmobiliaria. Digo llamada, porque la burbuja en cuestión no era más que eso, una burbuja especulativa cuyo objeto no era, ni mucho menos, satisfacer una necesidad humana como es la vivienda, sino proceder, ordenadamente, a un incremento artificial de su precio a través de un endeudamiento masivo, para enriquecimiento de una minoría.

Al estallar la burbuja se podía haber tomado una decisión política: salvar las familias, a las personas endeudadas que no pueden hacer frente a sus créditos. Esto habría sido lo más barato, además de la más justo, pero se decide hacer otra cosa. Como los bancos tienen que devolver ingentes cantidades de dinero (el que utilizaron para inflar la burbuja), y como la consecuencia inmediata del crack es que los bancos deciden no prestar más dinero, lo que deciden en sede política es que conviene dar ingentes cantidades de dinero a la banca, para que esta purgue sus deudas y haga circular el crédito nuevamente.

Los estados no tienen dinero guardado para darlo de esta manera. Lo que hacen es emitir deuda, que no es más que un papel, un papel que vende por una cantidad determinada, y por el cual se compromete a dar un determinado beneficio al cabo de unos años. Los ahorradores, o mejor, la propia banca y los fondos de inversión, compran esa deuda y se garantizan el compromiso público de que les será devuelto con un determinado interés.

Es decir, la decisión política fue cubrir una enorme deuda privada (la de la banca) con emisión de deuda pública. Se podía haber salvado, insisto, a las familias insolventes. Se podía haber abierto líneas de crédito público para las empresas. Pero nada de eso se ha hecho. Lo que se hace es poner ingentes cantidades de dinero en la banca para que cubra su deuda. ¿Y qué creéis que ha hecho la banca? Pues ha hecho lo previsible… En vez de poner ese dinero en circulación, lo que ha hecho es, por un lado, ir saldando sus deudas con la banca internacional; y por otro, ¡comprar la deuda pública emitida para salvarles a ellos! Es decir, les damos dinero de todos a poco más del 0%, y ellos nos compran deuda que va a tener una rentabilidad marcada por la llamada prima de riesgo, ese índice criminal determinado por los mismos psicópatas que, en el caso de Grecia, llegó a superar el 15%.

¿Y ahora qué toca? Ahora toca pagar la deuda. Y para hacerlo sólo hay dos vías, como todos sabéis: o se aumentan los ingresos y se recortan los gastos de las instituciones públicas.

Básicamente, podemos decir que se ha optado por la vía del recorte. Es cierto que se han subido los impuestos, sobre todo los más injustos, como el IVA, que pagan igual ricos y pobres. Pero el impacto de la subida de impuestos en los ingresos ha sido pequeña, por la caída del crecimiento. Por eso, lo más relevante han sido los recortes.

En materia de recortes no hay mucho misterio. Todos estamos de acuerdo en recortar partidas como las de la casa real, pero desde el punto de vista presupuestario eso resulta irrelevante. Las partidas que pesan son las sabidas: sanidad, educación, salarios de los empleados en la función pública (funcionarios, laborales, interinos…), y todo el conjunto de prestaciones de la seguridad social (desempleo, pensiones de jubilación, etc.). Estas son las principales partidas, y esto es lo que se está recortando. Porque de lo que se trata es de pagar entre todos la deuda privada de la banca.

Ojo a los discursos

Pero hay algo más. Yo no sé si prestamos la suficiente atención a los discursos, en particular, de la clase política. En los años 2007-08-09, a nadie se le ocurría decir que el problema de la crisis eran los salarios, las pensiones o los convenios colectivos. Yo he recogido frase de esos años, y el discurso dominante, en personas como Gordon Brown, Sarkozy, Zapatero, Obama o Merkel, era el siguiente: “hay que refundar el sistema”, ” hay que terminar con la desregulación de los mercados”, ” hay que controlar la proliferación de un capitalismo financiero  basado en la especulación con activos ficticios”, ” hay que imponer tasas a las transacciones financieras y a los beneficios especulativos”, ” hay que acabar con los paraísos fiscales”, ” hay que poner coto a la codicia de los administradores y evitar que persigan su propio beneficio como único criterio de gestión”, ” hay que recuperar la intervención pública en la economía”, ” hay que imponer códigos de conducta ética a los agentes económicos”. El presidente de la CEOE llegó a decir: “hay que imponer algo así como una nueva forma de socialismo”.

Este discurso nada tiene que ver con el que se viene haciendo desde el 2010. Donde se pone el ojo en el déficit público y en los servicios públicos, cuando el gasto ha subido precisamente, no por el gasto social (que ha bajado) sino como consecuencia del rescate de la banca.

Aquí, lo que se viene haciendo desde el 2010 es una aplicación estricta de lo que Naomi Klein ha denominado “la doctrina del shock”. Yo recomiendo vivamente la lectura de este libro escrito antes de esta crisis, porque define a la perfección lo que aquí está sucediendo. Se fija Klein en las catástrofes que se producen en los países, sean estas por causas naturales (tsunamis, inundaciones, terremotos…) o inducidas como las políticas (golpes de estado, transiciones…) o económicas (cracks bursátiles, crisis económicas…). Pues bien, dice Klein que cuando se producen esas catástrofes, los poderes economicos proponen siempre como solución las políticas que ellas les convienen, independientemente de cuáles sean sus consecuencias sociales. Y dentro de estas políticas, certifica el papel que en este sentido han jugado instituciones internacionales como el FMI. No es casualidad que una institución tan desprestigiada como el FMI haya resucitado en Europa en esta crisis. Nadie en su sano juicio en 2010 habría considerado que esto era posible, pero ha sucedido.

Pues bien, en estricta aplicación de esa doctrina del shock, el discurso a partir de 2010 ha cambiado totalmente. Mientras que antes estaba claro que la culpa de la crisis estaba en el comportamiento de las instituciones financieras, ahora se ha conseguido cambiar radicalmente el discurso para poner la atención, básicamente en los salarios. Quiero subrayar que cuando digo salarios, me refiero a la totalidad de los capítulos del salario: al neto mensual (1) que es el sustento diario de los y las trabajadoras y sus familias; a las cotizaciones (2), es decir, los derechos de protección social de presente y de futuro, tanto de los activos como los inactivos (mayores, niños, incapacitados); y a los impuestos (3), básicamente el IRPF. Para completar el ataque al salario, se ha procedido, en el curso de tres años a tres reformas laborales (modificación a la baja de la legislación laboral); a dos reformas de pensiones; y a dos reformas de la negociación colectiva, que, casi sin que se dé cuenta la sociedad, han dejado el mercado laboral a los pies de los leones.

Y, por si todo esto era poco, se está entregando a la banca, la mitad del negocio financiero del estado, que estaba en manos de las cajas de ahorro. Yo no voy a hacer una defensa de lo que ha sido la gestión de las cajas, donde han abundado los ejemplos de corrupción, pero eso no justifica la decisión política de entregar ese capital acumulado por generaciones de trabajadores, familias y empresas a las entidades financieras privadas.

Era posible seguir otros caminos

Las consecuencias estas políticas de shock que se han puesto en marcha son conocidas: paro, pobreza, y un incremento increíble de las desigualdades. Ahora, estas semanas, se está poniendo mucho énfasis en cualquier indicador macroeconómico que pueda interpretarse como una buena noticia. Pero abundan los datos que están certificando el incremento de la pobreza, la falta de protección social la caída salarial y, sobre todo, el aumento increíble de las desigualdades.

El recorrido que hemos hecho, pretende, esa era mi intención, subrayar en que se podían haber seguido otros caminos en la gestión de la crisis. Como se señalado, se podía haber optado por salvar a las familias y a las empresas, y solventes estudios económicos indican que habría sido no sólo mucho más barato, sino que además habría permitido no enviar al paro a tanta gente. Se podía haber publificado la banca rescatada: si pagamos el rescate ¿por qué no podemos ser colectivamente los propietarios? Se podía haber optado por subir las cotizaciones y los impuestos, y éstos de manera progresiva (pagando más quien más tiene), pero se ha hecho lo contrario. Se podía haber incrementado el gasto social, en vez de rebajarlo… y en vez de modificar la “inmutable” constitución española que obliga al estado a pagar antes a los acreedores que a los ciudadanos y ciudadanas necesitadas de servicios públicos.

¿Cómo lo han conseguido?

Llegados a este punto surge una pregunta inevitable: ¿cómo se ha conseguido desmontar en 3-4 años lo que ha costado más de 35 años construir?

Pues bien, yo creo que todo esto no habría sido posible si al mismo tiempo, no se hubiese puesto en marcha un programa sistemático de destrucción de la propia democracia. Creo que esta reflexión es importante. Yo no voy a hacer una defensa de la democracia que conocemos o hemos conocido desde la transición política: una democracia tutelada por poderes fácticos y de muy poca calidad.

Lo que quiero señalar es que era aún empeorable, y que están en ello. Yo entiendo por democracia un sistema que interpone resistencias a las prácticas arbitrarias y violentas del poder político y económico. Esas resistencias se establecen a través de mecanismos que tienen que funcionar individualmente pero también sistémicamente, porque el debilitamiento de uno acaba debilitando al resto. Esos mecanismos son bien conocidos: la separación de poderes, el sufragio popular, el imperio de la ley (igual para todos), la existencia de medios de comunicación públicos y la regulación de los privados, las libertades (huelga, sindical, de opinión….). Los mecanismos de participación social y política forman parte también del entramado democrático.

La propia crisis tienen un efecto antidemocrático que no se subraya lo suficiente: el empobrecimiento y el paro obliga a millones, por necesidad y miedo, a acatar en silencio las mayores vejaciones, humillaciones y explotación laboral. Hay que recuperar para nuestro acervo que la crisis pone en crisis la propia democracia, o que no hay libertado política sin un mínimo garantizado de bienestar social y económico.

Pero además de ello hemos de subrayar, como decía, otras averías que están teniendo lugar.

La primera en el propio parlamento, a partir de la generalización de la figura del decreto (figura legislativa excepcional) como el procedimiento ya ordinario para ejecutar las reformas que tienen que ver con recortes de derechos sociales.

En segundo lugar, la progresiva, acelerada, concentración y privatización de los medios de comunicación hegemónicos, mayoritariamente en manos de entidades financieras.

En tercer lugar, la financiación de los partidos. Permitidme una pequeña provocación. Todos hemos escuchado lo del caso Bárcenas y lo de los sobresueldos de los dirigentes del PP. Pues bien, que los políticos tengan sobresueldos no pone en crisis la democracia. No digo que esté bien ni que no haya que perseguirlo. Lo verdaderamente grave, y sobre lo que no se está poniendo la luz, es el origen de ese dinero. ¿Por qué las empresas dan dinero a los partidos? No tiene nada que ver con la militancia política. Las empresas dan dinero porque en sede política se deciden las adjudaciones públicas; los concursos; las privatizaciones; y de esa manera se engrasa la llamada puerta giratoria, es decir, el trasvase bidireccional entre cargos políticos y empresariales. Que más de treinta exministros además de otros muchos cargos también en nuestro país estén en las empresas energéticas no es casualidad. Estaremos de acuerdo.

Tres retos… muy gordos

Hecho este recorrido, estamos en condiciones de definir los retos.

El primero es sacudirse el miedo. Es muy complicado. Pero quiero traer a colación aquel bertso de Txirrita, de cuando se perdieron los fueros: “errespetua gordetu zuten beldur ziraden artean…”. Estamos, como dice Klein, en un capitalismo del desastre, que se sirve del miedo, de la desorientación y de la situación de shock de las personas y las comunidades para imponer aquellas políticas que no nos interesan como comunidad, como sociedad, como personas. Organizarse, tomar conciencia, denunciar este capitalismo criminal e imponer en sus autores los agravios es el comienzo necesario para  sacudirse el miedo.

El segundo reto es dar prioridad a la lucha democrática, en todos los ámbitos. La degeneración democrática está tniendo lugar, sí, en el ámbito más intitucional (parlamentos, gobiernos, etc.) pero también en la base: ahogando a los medios de comunicación populares; recortando la financiación de las ONGs, y en especial las más críticas, o las que se dedican a los sectores más silenciados; impidiendo la organización sindical, tanto en los sectores privados como públicos. Todos estos son ámbitos de reconstrucción democrática que tenemos que recuperar.

Y en tercer lugar, acabar con la lógica de austeridad. La austeridad es una palabra que se presta a mucha manipulación por parte del poder. Y bien que la están manipulando. Porque, estaremos de acuerdo, la austeridad, en sí es un valor… Yo también creo que la austeridad es un valor… pero en relación con lo superfluo. Al mismo tiempo, defiendo una política de la abundancia… en relación con lo que da vida. Yo quiero una sociedad abundante en cuidados, en alimento necesario para la vida, en salud, en cultura y educación. Otra cosa es todo lo superfluo. Ahí, sí, austeridad… Pero me temo que los propagandistas sobrevenidos de esta austeridad, no están diciendo esto. Y dentro del programa de la buena austeridad, yo situaría el empleo: ¿qué empleos nos convienen y cuáles no?

Ante la crisis política

Para mí estamos, por lo tanto, antes que nada ante una crisis política, y esto en el sentido más amplio de la palabra. La política ha desertado de lo social en gran medida y entiende su cometido al servicio del capital. Tenemos una clase política que aplaude su propio desprestigio, por ejemplo cuando pone a la gerencia privada como modelo para la pública; o cuando defiende que es mejor que las cajas de ahorro se transformen en bancos gestionados por tecnócratas. Hay quien piensa y vive la política de distinta manera, me diréis, y es cierto, no se puede generalizar. Pero hay una prueba del algodón que deben pasar todas las familias políticas.

En el documental que Winterbottom hizo sobre el libro que ya he citado de Naomi Klein, la autora cita una reunión que el presidente americano F.D. Roosevelt tuvo con los sindicatos de su país. Estos le trasladaron sus demandas y al finalizar, el presidente les dijo: todo lo que pedís es interesante y justo, ahora id a la calle y obligadme a hacer lo que me habéis pedido.

Yo creo que todos los que estamos aquí, como Roosevelt, somos conscientes de los límites de la política institucional en relación con las demandas sociales. Es por eso que necesitamos trabajar mucho por tener una sociedad permanentemente movilizada porque si no, la clase política tenderrá a dar satisfacción a aquellos que no dejan de movilizarse a través de lobbys e ingentes recursos económicos.

Por su parte, la política que se reclama de izquierda, debería tener en cuenta que su presente y su futuro pasa por ser sensible y dejarse interpelar por la sociedad movilizada. La izquierda política no puede pretender representar la totalidad de la demanda social, y mucho menos tratar de limitar la autonomía de la reivindicación social.

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