Valentín Bengoa, bidelagun

Valentin Bengoa Etxeberria nació en Aretxabaleta en 1923. Su padre era militante de ELA y tesorero de la unión local del sindicato. Padeció los rigores de la guerra siendo niño y le marcaron profundamente. Se incorporó de muy joven a la Compañía de Jesús. Realizo sus estudios en diferentes lugares como Durango, Javier, Loiola, Oña… Tras pasar varios años Latinoamérica (Nicaragua, Venezuela…) y en el norte de Africa fue destinado a Loiola en los años cincuenta. Allí se le encomendaron diferentes responsabilidades de apostolado, principalmente entre los jóvenes.

A menudo recordaba haber sido muy consciente, ya en esos años 50, de que un mundo se venía abajo. No sólo eclesialmente por efecto de la secularización, ni siquiera por la dictadura por sí sola considerada, sino también en cuanto a referencias ideológicas y culturales, además del cambio social y económico que se intuía. Trabajó enormemente por buscar y encontrar unas nuevas referencias en los años 60 de la mano de los debates ideológicos y políticos que tenían lugar en la clandestinidad. Eran contínuas sus salidas hasta Donostia e Iparralde para hacer con las revistas y libros que era imposible encontrar en Hegoalde en busca del alimento que necesitaba. En torno a Bengoa se fueron organizando grupos de jóvenes con los cuales compartió inquietud por lo social. Quizá su principal aportación como sindicalista haya sido precisamente esta: constituir un grupo que con el tiempo se haría de izquierda, sindicalista y abertzale. Este grupo, cuyo principal núcleo se sitúa en el Urola, es el que protagonizaría a partir del año 74, y ya bajo el liderazgo indiscutible de Alfonso Etxeberria, la conexión con la dirección histórica de ELA en el exilio, un encuentro que tendría su expresión orgánica y organizativa en el III Congreso de 1976.

Legalizado el sindicato a la salida del franquismo, Bengoa transmitió a la dirección del sindicato una decisión personal que siempre mantuvo: él nunca participaría en los órganos del sindicato, estaría al margen de las decisiones organizativas. Es por ello que a partir del año 76 su contribución toma un cariz más concreto: vinculado al departamento de publicaciones y de formación, la aportación del jesuita sería la de ayudar, desde su reconocida talla intelectual, a dar forma y a convertir en línea editorial la reflexión colectiva que fluye en una organización en rápido crecimiento como fue ELA en los años 80. Su aportación es fácil de indagar en los innumerables articulos de diversas publicaciones, a menudo con su propia firma, y también con seudónimos como el de Jauregi.

Durante los primeros 80 intensificaría el contacto con sus compañeros jesuitas latinoamericanos, especialmente los nicaragüenses (había sido profesor del ministro sandinista Fernando Cardenal) y los salvadoreños (como Jon Sobrino o el mártir Ellacuría). Admiró y reconoció especialmente al maestro jesuita Miguel Elizondo, quien le ayudó enormemente, según decía, a ir elaborando su propia síntesis entre fe cristiana y vida política. Aprovechaba no pocos periodos vacacionales para ir a centroamérica. El contacto con la teología de la liberación le transformó totalmente, así lo solía reconocer, como creyente, como sacerdote, y como militante sindical. La teología que nació con Gustavo Gutiérrez a principios de los 60 le ofrecía el marco y el instrumental necesario para integrar su profunda fe cristiana con el compromiso sociopolítico.

Con el cambio de siglo su presencia en la sede confederal en Bilbao fue declinando poco a poco. Pero su jubilación no supuso ni mucho menos una ruptura con la vida del sindicato. Valoraba los encuentros con los militantes y con los miembros de la dirección, y no dejó de solicitar información del sindicato hasta el final. Cada lunes, hasta esta misma semana, telefonoaba a Bilbao, en concreto a Joxangel Ulazia, del departamento de formación, para que le trasladase los principales hitos de la coyuntura social y política. Y hasta hace sólo unos días, recibía innumerables visitas en la propia enfermería de Loiola.

En 2013 Bengoa accedió, tras años de negativa, a que ELA le rindiese un merecido homanaje. El acto tendría lugar en el XIII Congreso celebrado en enero de ese año. El discurso que allí pronunció puede encontrarse en Youtube, y es una muestra palpable de la personalidad singular de este jesuita atxabaltarra, sindicalista de raza. El Palacio Euskalduna se vino abajo cuando el anciano de 90 años gritó, entre otras cosas, “¡Vivan los piquetes!”, animando a los huelguistas presentes. Las delegaciones internacionales invitadas al Congreso no podían dar crédito del discurso sindical del viejo jesuita que hizo las delicias de los sindicalistas más jóvenes del Congreso.

En aquel discurso, con todo, cometió un pequeño error. Aseguró que, a pesar del homenaje, no tenía ninguna intención de morir, y estaría presente en el siguiente Congreso, el que ELA celebrará a mediados de junio de 2017. Lamentablemente no será posible. Nos ha dejado hoy, 25 de febrero. Su recuerdo, con todo, pervivirá entre la militancia de ELA.

En aquel homenaje le entregaron una vara y le concedieron un título que él agradecidió y compartió: Bidelagun, compañero de camino. Esa es la manera en que se entendió a sí mismo. Es la manera en que cientos de militantes de ELA han hecho camino con él: en manifestaciones, asambleas, cursos, conferencias.

Descanse en paz. Ez Adiorik!

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